domingo, 2 de abril de 2017

Febrero 1917. La revolución ha venido ¿y nadie sabe cómo ha sido?


Febrero 1917: ¿Una revolución espontánea?

Lo único que puede afirmarse es que se tirotean el pasado y el futuro” L. Trotsky


1.- La Historia como intención.

No nos engañemos, la historiografía dominante es profundamente anticomunista y esa actitud, latente o expresa, se evidencia en todo lo que mira, toca, interpreta y juzga. A veces de una manera burda y otras con modos más sutiles, menos evidentes y difíciles de detectar si no se presta atención a todo el escenario ideológico presente en un acontecimiento que, aunque concreto, la revolución rusa de febrero, no deja de estar estrechamente relacionado con el verdadero objetivo ideológico de esa historiografía anticomunista: el cuestionamiento de la revolución bolchevique que tendrá lugar meses más tarde.
A poco que cualquiera se asome a las muchas historias de la revolución que se encuentran en nuestro mercado editorial, podrá comprobar la rara unanimidad con que al referirse a los acontecimientos que tienen lugar en la Rusia zarista durante ese febrero de 1917, se habla de revolución espontánea y se recalca y subraya que en su brote, arranque y estallido, escasa o ninguna relevancia debe concederse a unos partidos políticos que, a lo más, se sumarían a aquella coyuntura histórica tratando de orientar las aguas revolucionarias hacia sus respectivos molinos políticos. Este “negacionismo”, esta celebración de la espontaneidad de las masas, tan impropio de ese pensamiento conservador para el que masa es casi sinónimo de irracionalidad animal, no deja de ser una clara consecuencia de la intención realmente buscada por la historiografía al uso: minimizar en lo posible el papel, no tanto de todos los partidos sino, en concreto, el de uno de ellos: el partido bolchevique.
Sin negar el carácter de revolución desde abajo que los sucesos de febrero evidencian, pero para dejar constancia al mismo tiempo del importante papel que los partidos revolucionarios desempeñaron en aquellos momentos, trataremos de describir de manera concisa la secuencia de los hechos. Como es obvio, todo acontecer histórico tiene antecedentes inmediatos y próximos y otros remotos y el momento elegido para dar comienzo al relato, aunque subjetivo, no por ello debe ser arbitrario pues, en toda narración, la selección del punto de partida deja transparentar la especial mirada ideológica desde la que la narración de la historia va a producirse. Al respecto parece conveniente hacer notar que, también con extraña coincidencia, la mayoría de los historiadores burguesas proponen el asesinato del monje Rasputín a finales de 1916 como antecedente u origen de aquella revolución. Elección que por su relevancia narrativa nos llevaría a conceder primacía en el desencadenamiento de la historia a la nobleza rusa en sus discrepancias con la corona zarista. Por nuestra parte mantendremos el criterio de que esa condición inaugural debe adjudicarse a otros acontecimientos por cuanto reúnen características de especial peso y relieve.

2.-Las fuerzas del futuro.
Hay constancia de que a partir de la primavera de 1916 se reinicia, a consecuencia del empeoramiento de sus condiciones de vida y del rechazo creciente a la guerra, una nueva oleada de huelgas y manifestaciones violentas por parte del proletariado de las ciudades con mayor peso industrial. En Octubre de ese mismo año en Petrogrado, y por iniciativa de los bolcheviques, se inicia en uno de los talleres de la gran fábrica Putilov una huelga que se extendió a la totalidad de las grandes fábricas de la ciudad dando lugar a desórdenes y manifestaciones reprimidas por las fuerzas de la policía local con la ayuda de las tropas de la guarnición que, en parte y en algunas ocasiones, he ahí lo inesperado, en lugar de reprimir confraternizaron con los huelguistas.
En Petrogrado, el partido bolchevique establece ya en 1915 un comité dirigido por Chiliápnokov, Zalutski y Molotov que se mantiene comunicación con los dirigentes que sufren exilio, destierro o cárcel y trabaja extendiendo sus consignas de paz inmediata tanto en los medios obreros como en los frentes o cuarteles.
Al comenzar el año el ejército se descomponía en los frentes de guerra, había más de un millón de deserciones, el hambre, la miseria y la subida de los precios alcanzaban inquietantes niveles y el frío se dejaba sentir con especial crudeza.
Con ocasión del aniversario del Domingo Sangriento de 9 de enero (22 de enero según nuestro computo1) de 1905, el comité bolchevique de Petrogrado prepara una gran manifestación obrera precedida de una huelga general que recibirá el apoyo de unos ciento cincuenta mil huelguistas aun cuando las manifestaciones callejeras apenas alcanzan importancia.
Días después, resurgen conflictos en la fábrica Putilov, donde trabajan más de 40.000 obreros, y el 22 de febrero la dirección de la fábrica decide el cierre patronal dando lugar a tumultos en los que participan obreros, mujeres y algunos estudiantes..
Para el 23 de febrero, las organizaciones socialistas habían convocado diversos actos y marchas para celebrar el “día de la mujer” y grupos numerosos de ellas a los que se suma toda una marea de obreros, recorren la ciudad enfrentándose a unas fuerzas de la policía que intentan que ocupen las calles y avenidas más céntricas.
En los días siguientes las huelgas se extienden y los manifestaciones van reconvirtiéndose en una multitud amenazante de trabajadores y trabajadoras que intensifican la intervención violenta de la policía. En la mañana del día 24 militantes de las distintas organizaciones obreras organizan los primeros soviets procediendo a la elección de delegados en las fábricas, mientras el comité bolchevique lanza una declaración indicando que “la consigna de un gobierno de salud nacional – iniciativa que apoyan los mencheviques y social revolucionarios además de los constitucionalistas liberales (kadetes)- es una maniobra conservadora y reclaman la transferencia de poderes a los obreros y campesinos
Las revueltas, huelgas y manifestaciones no dejan de crecer y aparecen las primeras banderas rojas autocracia. Los enfrentamientos entre la policía y los manifestantes se vuelven cada vez más violentos y, acosados, los trabajadores, crecidos en sus ánimos ante la no intervención de los cosacos, asaltan comisarías y se hacen con armas.
En la madrugada del 26, domingo, la policía había detenido a más de un centenar de dirigentes de las organizaciones obreras. Sin embargo los trabajadores vuelven a tomar las calles y cruzan el Neva helado bajo el fuego de las ametralladora. Mueren decenas de manifestantes. y los obreros, aunque logran que una parte de la guarnición del regimiento Pavlovskii reaccione en su defensa, se acaban retirando a los suburbios. Crece la ira y numerosos incendios se producen por toda la ciudad, entre ellos el del Palacio de Justicia
El 27 va a ser el día decisivo. Los obreros afluyen nuevamente a las fábricas y, en asambleas generales, deciden proseguir la lucha. Los soldados de tres o cuatro regimientos se sublevan y, en unión de grupos de obreros, asaltan y destruyen cuarteles de la policía, entran en los arsenales y se aprovisionan de armas y municiones. A mediodía toman las cárceles y liberan a los presos políticos. Cuando llega la noche la batalla parece estar decidida pues casi la totalidad de las tropas destacadas en la capital se habían pasado a la insurrección.
Aquella mañana la Duma desobedece el decreto de su disolución ordenado por el zar y la mayoría de sus miembros, kadetes, social-revolucionarios y mencheviques, optan, ante la presión de las masas triunfantes, por constituir un “Comité provisional de la Duma” que trata a su vez de presionar al zar y de restablecer el orden público, y la disciplina militar. Por la tarde tendrá lugar la primera reunión del “Soviet de obreros y soldados” que proclama el triunfo de la revolución y decide, entre otros acuerdos, que en todos sus actos políticos las tropas han de obedecer al soviet. Nace así una coexistencia de poderes más cerca de la hostilidad que de la colaboración - el Comité provisional de la Duma que dará lugar al Gobierno Provisional, Comité ejecutivo del soviet de Petrogrado-, que se mantendrá hasta la revolución de Octubre. En la noche del 1 al 2 de marzo, las dos instituciones, se reúnen para negociar, en condiciones de igualdad un acuerdo. Pero es evidente que en aquel momento la correlación de fuerzas es favorable al unos soviets que desde su constitución controlan la vida pública de la capital, gozan de autoridad antes las organizaciones obreras, sobre la administración y, lo más relevante, sobre las tropas.
3.- La fuerzas del pasado
Para completar el mapa dinámico de los acontecimientos de febrero es imprescindible tratar también de resumir los acontecimientos que protagonizan – y aquí lo de agonizar cuadra mejor que nunca- los dirigentes políticos y militares sobre los que ha venido sosteniéndose el régimen autocrático con la figura del Zar Nicolás II a la cabeza.
Cierto que la persona del monarca cuando llega 1917 está siendo cuestionada por parte de la aristocracia, la nobleza, la alta burocracia y la alta burguesía industrial que ven como la debilidad del régimen, la desastrosa conducción de la guerra y la impopularidad de la familia real están creando un ambiente de malestar que pone en peligro sus estatus y privilegios. Sin embargo estas discrepancias no llegan a cuajar y la única señal de su existencia acaso se encuentre en el asesinato, a manos de representantes de la aristocracia palaciega, de la figura de Rasputín, extraño y extravagante personaje que goza de los favores de los Romanov. Pero más allá de este episodio nada podría alegarse sobre un posible papel activo o cómplice de la burguesía en el desencadenamiento de los acontecimientos de revuelta, huelga y revolución.
A las primeras noticias de las protestas y manifestaciones que se suceden en la capital se les otorga escasa relevancia, y, solo cuando las revueltas toman proporciones significativas y se conocen los primeros amotinamientos de soldados y cosacos, el zar y su entorno tratarán de restablecer, sin éxito, el orden enviando tropas del frente para reprimir la rebelión de obreros y soldados. Ante las reticencias de la Duma, el amotinamiento casi general de los soldados y el triunfo de las revueltas de los obreros del día 27, se decide el envío de tropas de élite y fieles que sin embargo no llegan nunca a intervenir ante el miedo a que se pongan a favor de los insurrectos. El 1 de marzo asumiendo que las tropas amotinadas no obedecen las ordenes de la oficialidad el Zar accede a que la Duma forme gobierno y sopesa su posible abdicación. Finalmente y después de comprobar que sus jefes militares le han retirado su apoyo, decide abdica en la persona de su hermano Miguel quien, luego de entrevistarse con los representantes de la Duma, va a rechazar su subida al trono salvo en el caso de que la futura Asamblea Constituyente se lo pidiera. El día cuatro de marzo entre el alborozo de la población se hizo público el final de la dinastía de los Romanov. La revolución de febrero ha terminado. Empieza una nueva etapa.
4.- Una espontaneidad largamente preparada.
La historia de la revolución de febrero parece tener como escenario casi único Petrogrado. En Moscú las noticias de lo que pasaba en la capital provocaron las primeras huelgas y manifestaciones y la toma, sin apenas resistencia, de la Duma municipal. En muchas ciudades de provincias los movimientos de obreros y la creación de soviets no empezaron hasta que la revolución triunfa. En ningún sitio salvo en la capital hubo acción alguna en defensa del viejo régimen. En la capital se contaron mil cuatrocientos cuarenta y tres muertos y heridos, de los cuales ochocientos sesenta y nueve pertenecían al ejército. Sesenta eran oficiales. La prensa burguesa habló de revolución incruenta minusvalorando la acción violenta de obreros y soldados, de modo semejante a como la historiografía burguesa española a analizaría la llamada Transición democrática sin apenas hacer referencia a las luchas obreras y ciudadanas que tuvieron lugar lugar en los meses inmediatamente anteriores y posteriores a la muerte de Franco.
Es evidente, el relato ofrecido lo constata que la revolución de febrero fue obra de los obreros y campesinos, representados éstos por los soldados. Ahora bien, reconociendo ese claro protagonismo de “los de abajo” queda abierta la pregunta o preguntas sobre su espontaneidad: ¿La revolución surgió de manera inesperada o desde el principio fue impulsada, dirigida o coordinada desde alguna instancia política o social? ¿Fue o no fue una revolución espontánea? Para poder responder me parece inevitable tener que recurrir a aquello del “ni sí ni no sino todos lo contrario”.
Por espontáneo el diccionario de la Rae ofrece varias acepciones de las que dos tiene relación con la cuestión planteada: “Que se produce aparentemente sin causa” y “Que se produce sin cultivo o cuidados del hombre”. El dilema, aparte de presentarse como causa de disparidad en las interpretaciones que la historiografía recoge, tiene, y sobre todo tuvo en su momento, una importancia política inmediata pues la sutoria concede autoridad y legitimidad, algo fundamental a la hora de que “el doble poder”, -Gobierno Provisional, Comité del Soviet de obreros y soldados”- establezca sus relaciones y dependencias. La “teoría de la espontaneidad” obviamente restaba autoridad al soviet y además permitía hacer una lectura “natural” de la caída del Zar sin tener que adjudicar responsabilidades a las distintas capas sociales, -nobleza, burguesía, burocracia, ejército, iglesia- que hasta ese mismo momento habían venido sosteniendo la autocracia. Pero volvamos al sí ni no sino todo lo contrario.
Ni sí: si entendemos que una revolución da comienzo cuando el monopolio del poder se ve cuestionado por un acto de subversión y si aceptamos que una de las formas más frecuentes de realizarse ese acto de subversión es la disputa por el espacio público, la ocupación de las calles, las plazas, los edificios públicos, - recordemos aquel “la calle es mía” de Fraga Iribarne- parece claro que aunque las manifestaciones de “día de la mujer” hubieran sido preparadas por las organizaciones obreras ninguna de ellas habría planificado que esas manifestaciones, al encontrarse y mezclarse con las masas de obreros, fueran la chispa que disparase el conflicto. Dado que ese encuentro de obreros y mujeres reclamando pan para sus hijos y el fin de la guerra no parece responder a una voluntad previa podría resultar aceptable hablar de espontaneidad al menos hasta que las organizaciones obreras del barrio de Viborg toman la decisión de formar los primeros soviets.
Ni no: porque más que de espontaneidad habría que hablar de emergencia, de salida a la superficie de un sentimiento de opresión y rencor que responde a la conciencia de clase que a lo largo de todo el movimiento de emancipación obrera, distintos partidos y organizaciones han venido cultivando entre los trabajadores y trabajadoras, fomentando tanto la no aceptación pasiva de su situación así como la necesidad de organizarse a fin de dar expresión resuelta a su deber y derecho a enfrentarse violentamente con la clase explotadora. No olvidemos que “el día de la mujer” con que se inicia la ocupación de las calles, es planteado como un día de reivindicación y protesta que desafía ese dominio de la calle que caracteriza física, mental y jurídicamente al poder. La calle como ese lugar donde “el poder soberano” se manifiesta” y por lo tanto como ese espacio en donde ese poder puede ser cuestionado y confrontado.
Sino todo lo contrario: "La masa se puso en movimiento sola, obedeciendo a impulso interior inconsciente", escribiría Stankievich meses después dándole un carácter casi místico a la acción de aquellas masas de manifestantes. Lo que este autor no se pregunta es de dónde viene ese impulso interior o, por mejor decir: quién o quiénes llenaron ese interior de razones, voluntad y fuerza capaces de transformarse en impulso, en coraje, en voluntad de intervenir, de irrumpir para interrumpir la opresión. Si se hubiera hecho esa pregunta quizá entendería que esa espontaneidad, ese impulso, ese decir basta y hasta aquí hemos llegado, es el resultado de unas condiciones objetivas: salarios de miseria, inflación brutal de los precios, el creciente sentimiento de derrota y fatalismo en la guerra, la falta de alimentos, el frío que no se puede combatir, pero también de unas condiciones subjetivas que se han construido con la ayudas de las organizaciones y partidos revolucionarios que a lo largo de la historia han logrado introducir esa conciencia, en las fábricas, en los barrios, en los cuarteles, en los frentes de guerra, en parte de la intelligetsia, en todos aquellos sectores de la sociedad que viven el capitalismo como injusticia y sinrazón
Y en ese papel el trabajo del partido bolchevique fue fundamental. El partido bolchevique aún cuando el estallido revolucionario coge a las mayoría de sus dirigentes en el exilio o la cárcel, ha venido creando entre los trabajadores y soldados la conciencia de que son ellos los que poseen el derecho a construir su propio destino recuperando el control de sus vidas. El partido bolchevique que comparte con el mundo del trabajo su lectura marxista del mundo. Una lectura que tiene en la historia de La Comuna de París un capítulo insoslayable y constituyente. Una lectura revolucionaria de las insurrecciones fracasadas de 1905. Un partido que impulsa de manera permanente la acción de clase para dar lugar al surgimiento de esa “espontaneidad” que solo puede entenderse si se acepta que para legar a ella, a “la espontaneidad de las masas” es necesario contar con fuerte organización, dura militancia y constante voluntad revolucionaria.
Solo desde esa voluntad colectiva en marcha se entiende el estallido de la revolución de febrero. Una revolución que da lugar a ese doble poder que a la vez expresa la convivencia de dos revoluciones: una burguesa de corte democrático y otra proletaria que por diferentes motivos se ve frenada. En cualquier caso valga decir que en febrero el futuro gana su primera batalla y queda a la espera de dar su paso definitivo. Tendrá que esperar a Octubre. Pero quienes no esperan son los bolcheviques. Lenin anuncia su llegada. La revolución volverá a llamar a las puertas de la Historia.

1La disparidad entre el calendarios juliano por el que se regía Rusia el el calendario gregoriano que era y es el aceptado por la mayoría de los países occidentales daba lugar a un diferencia de fechas de 13 días de adelanto entre el primero y el segundo. En este comentario utilizaremos las propias de la Rusia de aquel tiempo señalando en alguna ocasión la correspondiente al calendario actual.

miércoles, 15 de marzo de 2017

De qué hablamos cuando hablamos de Juan Carlos Rodríguez




       De qué hablamos cuando hablamos de Juan Carlos Rodríguez


Resulta objetivamente difícil responder a esta pregunta porque su obra, aunque dotada de columna vertebral- el marxismo-, se repartió por cuerpos doctrinales muy diferentes: la literatura, la historia, la política o la filosofía por ejemplo, y en escalas y variaciones muy diversas: el libro, el artículo, las cartas, el folleto. Ahora, después del maremoto de la postmodernidad, impartir saber no goza de buena salud académica o mediática y el sujeto solo se hace responsable- responde- de sus “no-yos” en tanto identidad disponible para el consumo de lo propio y de lo ajeno. La confusión es un arma de destrucción masiva desde el punto de vista del intelecto y el enemigo ha logrado imponer la confusión entre la doctrina y y el doctrinario. El enemigo, ese es en verdad el permanente objeto de estudio y reflexión en la obra, amplia, afilada y germinal de Juan Carlos Rodriguez. El enemigo de clase y sus disfraces e invisibilidades en todos aquellos campos en el que la cultura, de clase, se presenta como universal y perpetua. Esa investigación contínua sobre la infiltración del enemigo de clase en los campos del saber fue su tarea a lo largo de años, libros y programas de enseñanza y con esa tarea abrió los ojos, las miradas y las palabras a muchos de quienes durante los largos años de la Transición asistíamos, en estado de desencanto y desánimo, al éxito de los cinismos políticos de los nuevos demócratas y al auge de las insensibilidades estéticas socialdemócratas instaladas en los centros de formación y circulación – universidades, medios de comunicación- de la semántica y la imaginación colectiva.
Juan Carlos Rodríguez como un referente para la preocupación, como un aguafiestas para los verborreos del grupo PRISA y semejantes, como un trago de agua fresca durante esa travesía del desierto que llamamos Transición en la que muchos, a la sombra del poder, disfrutaron de nevera, bebidas refrescantes y aire acondicionado. Una Transición que nos hizo y nos deshizo, y sobre la que el maestro que habitaba bajo las barricadas de su propio sombrero reflexionó con agudeza y acierto.
En el capítulo dedicado a Pensar la explotación de su libro De qué hablamos cuando hablamos de marxismo, J. C. Rodríguez nos hizo observar, por ejemplo, como, asumidas sin crítica, “palabras mágicas” como Libertad y Democracia, iban a actuar a lo largo del proceso y, en tanto categorías transversales y abstractas, a modo de agujeros negros que acabarían abduciendo a las fuerzas de transformación radical (económica, social) que las luchas antifranquistas habían venido generando: “ De modo que en aquellos tres años decisivos (de 1976 a 1979) se desbordó el “politicismo extremo” que se había iniciado en el 68 francés y que no dejó de acrecentarse hasta su desaparición (como por embrujo) a partir de los ochenta”. Una reflexión sobre la que los comunistas y los comunistas estamos también obligados a reflexionar especialmente en estos días en que la Democracia Parlamentaria, que es el concepto de democracia dominante, ha vuelto a dar el gobierno, vía Rajoy, a los enemigos de la democracia social y económica. Juan Carlos Rodríguez: un aviso para caminantes.
Publicado en Mundo Obrero febrero 2017
 

sábado, 11 de febrero de 2017

Repeteción por higiene: Cloacas y premios literarios


Cloacas y Premios Literarios.



Creo que fue Paul Feyerabend quien en Matando el tiempo nos hizo ver que al fin y al cabo el conflicto principal que se narra en La Ilíada tiene su fundamento y origen en el premio, Briseida, mal concedido a Agamenón y que Aquiles entiende como un honor injustamente otorgado. Acaso sea ese en la historia de la Literatura el primer premio manipulado, torticero y dispensado con prevaricación, alevosía y contubernio. (Contubernio: Acuerdo entre varias personas para hacer algo ilícito o perjudicial para otro. Confabulación, connivencia, cohabitación de intereses ilícitos e ilegítimos, conspiración).
La verdad es que escribir sobre los premios literarios en España a estas alturas de la película tiene algo de repetición aburrida e insoportable. El tema está bastante manido y aparece y reaparece con la misma rutina periodística con que Rosa Montero (Premio Primavera 1997) escribe sobre la ceremonia del Toro de la Vega. Corre el escriba que en tal materia gasta tinta el alto riesgo de convertirse en molesto aguafiestas y son los premios tema donde todo o casi todo, en general, se sabe y al tiempo todo o casi todo, en lo concreto, se calla acaso porque de que la falta de probandos obliga a la prudencia por mor de las querellas,. Con todo, y estando en tiempos en que las corrupciones varias que nos habitan provocan últimamente ecos, rechazos y diligencias, trataremos de apretar el tema con algunos apuntes y conversaciones, por supuesto, anónimas.

Los premios.

Hablamos de lo ya sabido: que es fenómeno radicalmente español e hispano por aquello de los malos ejemplos, que en nuestros territorios literarios han venido proliferando, al menos desde la postguerra civil española, la convocatoria por parte de distintas y muy variadas editoriales - solas o en compañía de instituciones públicas- de premios literarios a originales inéditos (de novela, poesía o ensayo) que conllevan su publicación por parte de la editorial convocante y una remuneración adjunta, ya como gracia ya como adelantos de supuestos o presupuestados derechos de autor. Como causas de la aparición y epidemia de este advenimiento se suelen facilitar dos justificandos: la necesidad de incrementar el número de lectores en tiempos de escasez de tales y la conveniencia de ayudar y apoyar la aparición de nuevas autorías en circunstancias de dificultad económica o riesgo empresarial para la edición de primeras obras y voces.
Sospecho que no merece mucho la pena ahondar en el trasfondo real de tan buenas intenciones, pero creo que precisan atención dos deducciones que de estos argumentos se desprenden: que la existencia de premios literarios pone en evidencia la pobreza cultural y escasa tradición lectora de la comunidad que los soporta, y que su pretensión de impulso emprendedor avisa sobre el encogido ánimo y avaro carácter de su tejido editorial. En ese sentido no cabe sino afirmar que a mayor número de premios literarios (uno 6.000 en España) mayor apocamiento y quebranto en la salud cultural de su campo literario.
El editor.

- Como editor, que explicación das a que esto de los premios literarios con que las editoriales ejercen el “yo me lo guiso, yo me lo como y a ti si eres bueno te invito” sea algo que casi en exclusiva se produce en España.
-Bueno, ya empiezan a imitarnos en algunos países. Habría que tener en cuenta las circunstancias morales, culturales y políticas que existían en este país en los años cuarenta y cincuenta en los que el fenómeno emerge: sociedad sojuzgada y por consiguiente muy escasa o nula ética ciudadana, nula tensión social y nula demanda cultural. Tiempos de autarquía y reducido mercado comercial. Los marxistas deberíais entenderlo: la debilidad de la infraestructura económica impulsaba, “en última instancia”, a la picaresca empresarial. Lara padre lo tenía muy claro: “En España se lee poco y la publicidad está muy cara. Para eso se inventaron los premios literarios”
- Dirías entonces que son un invento del franquismo.
-Pues en parte sí. Como ya alguien señalaba, el premio Nadal de la editorial Destinoel nombre tiene lo suyo- y el Planeta surgen en una época cercana a la exaltación católica del Congreso Eucarístico, cuando apenas se había suprimido el racionamiento y cuando todavía la sociedad española esperaba a Mr. Marshall. Pero franquista o no, lo cierto es que su realidad abarca el antes, el mientras y el después de la llamada transición democrática. Por otra parte siempre se habla mucho del Planeta cuando se habla de esto, pero hay otros premios de editoriales más progres e “independientes” que hacen otro tanto y de esos premios y premiados poco se habla. No sé a qué viene tanto escándalo. Creo que no es para tanto. Es su premio y su dinero, y se lo dan a quien les parece oportuno. No son una ONG.
- Estás de acuerdo entonces en que es el editor y no un jurado quien los da.
- Un jurado no deja de ser una extensión o representación de los intereses del editor y dar no es la palabra justa. Una editorial, se quiera o no se quiera, es un negocio y los premios se negocian. La cosa no es tan simple.
- ¿Se negocian para proponer, firmar y garantizar la concesión del premio?
- No siempre se garantizan; depende del tipo de premio y del tipo de editorial. El acuerdo con los autores está en función de eso que llamáis correlación de fuerzas: si esa firma garantiza una gran tirada se le garantiza el premio; si su caché responde a expectativas de venta solo medio altas se le ofrece el premio pero solo se le garantiza quedar finalista. Depende también de cómo sepa negociar su agente literario o él ella en los pocos casos en que hay negociación personal. Lo que se busca es la conjunción de una firma adecuada con una obra conveniente.
- Y cómo y cuáles serían hoy esas firmas y obras adecuadas y convenientes?
- Para los muy comerciales el perfil de candidatura más presumible sería el de autora de edad media con bastante obra publicada, con probada buena recepción comercial y con buena sintonía mediática; de pensamiento situado en el centro o centro -izquierda. La novela apropiada podría versar sobre la temática, muy explotada pero todavía eficaz, de una crisis sentimental, con leves toques de crítica social, abundancia de crudeza erótica y final feliz en plan de que la protagonista acabe aceptándose. Para los premios más “serios” o literarios también conviene en estos momentos, creo, perfil de autoría femenina, cercana en este caso a la “indignación de izquierdas” en abstracto, con gotas de feminismo, aires de existencialismo radical, desparpajo en el estilo y con las correspondientes e inevitables dosis de erotismo sin complejos.
- Suena un poco cínico y machista.
- Mira, la indignación se ha vuelto mediática y todas las estadísticas señalan que el porcentaje de mujeres lectoras es muy superior al de los hombres. Esa es la realidad y si la quieres la tomas y si no la dejas. Hace meses se presumió que sería un buen momento para el éxito de un nuevo perfil en plan autor o autora joven con aire de indignación radical y algunas editoriales hasta hicieron movimientos en esa dirección, pero lo nuevo es arriesgado y además hay ahora mismo la impresión de que lo indignado se está desvaneciendo. Y de machista nada, si analizas los premios de los últimos años verás que “la cuota” de mujeres es mucho más elevada que la de los premios nacionales o los de la crítica.

Los premiados o premiadas.

Hay quien señala que la historia de los premios literarios tiene su punto de inflexión en el año 1980 cuando el escritor Juan Benet, representante de la más alta literatura, aparece como finalista del Premio Planeta que había venido siendo hasta entonces el anatemizado paradigma de los premios y sus oscuras, digamos, circunstancias. Cierto que ya en años anteriores había recaído en autores tan ilustres y respetados como Juan Marsé, Jorge Semprúm o Manuel Vázquez Montalbán, pero como escribió Ángel Sánchez Harguindey la presencia de Benet “Puede ser definida como la transgresión radical de una norma no escrita: presentarse a un premio no es indigno”. Sin embargo, y por mucho que aquel gesto benetiano legitimase la entrada en el juego de los premios, los premiados jamás llegan a reconocer que juegan con cartas marcadas y todos, con mayor o menor ingenio o cinismo, niegan lo evidente y encuentran oportunas justificaciones. Desde un marxista como Montalbán que acepta que el dinero es libertad y tiempo, hasta un Benet que achaca su presentación a un reto personal, pasando por el patrón Lara que se hace el ingenioso frente a las dudas de un periodista: ¿Creo que usted todavía cree que los niños vienen de París?, o un Fernando Savater que imitando la gracia de su mecenas declara que "Sospechar del Planeta es como sospechar de los Reyes Magos. Es un juego y hay que tomarlo como es. A estas alturas se sabe más o menos cómo funciona. Como no es obligatorio jugar a este juego, es absurdo poner cara de virgen ofendida. Además, hay un jurado".
Da la impresión de que el monto económico del premio determina el nivel de cinismo y mala conciencia porque si estos millonarios planetarios - “Me toco la lotería” dijo Fernando Quiñones- parecen sentirse obligados a negar su connivencia, los premiados en concursos de menor cuantía pero mayor “marchamo” de calidad literaria ni se interpelan ni son interpelados sobre su participación en el tinglado. Nadie reconoce, aclara o proclama las interioridades turbias que le han llevado hasta el retribuido galardón. Cada uno de los premios – Nadal, Planeta, Anagrama, Primavera, Fernando Lara, Azorín, Torrevieja, Gijón, Jaén, etc..- parece conllevar su correspondiente declaración de inocencia pudiéndose llegar al caso de que aquel autor o autora que, hace tan solo unos meses, antes del fallo, emocionado o emocionada, te contó que su agente le había negociado tal premio, llegado el momento posterior a la entrega niegue todo contubernio: “No, no, no estaba pactado para nada. Me dijeron que me presentara pero no me garantizaron nada”
Es sorprendente que autores y autoras que desde sus tribunas públicas denuncian y se escandalizan de las corrupciones de políticos de tal o cual partido, no se sientan aludidos o tocados por esa corrupción que solo ven en el ojo ajeno. La corrupción que el amaño de los premios representa se vive con tal naturalidad en los medios literarios que referirse a ellos es ganarse inmediatamente la vil condición de envidioso, resentido o frustrado. Quizá de ahí el mafioso silencio que acompaña a tan general práctica.

La autora o autor.

-¿Es el dinero lo que “obliga” a una persona como tú a aceptar sin reparos ese entrar en el juego de los premios?
-No es solo el dinero o al menos no es solo el dinero lo que los premios proporcionan sino algo de un calado diferente. No crea ningún reparo moral o político y si lo hiciera esa reserva, que al menos en mi caso no se ha dado, sería como la prima de emisión o impuesto que tiene que pagar todo aquel que recibe un beneficio. Nada sale gratis. Sin desdeñarlo, repito que no es solo cuestión de dineros. Un premio es también una venganza contra mundo y al tiempo una especie de extraño prodigio. Supone una especie de milagro existencial: el día antes tus amigas y amigos, comprensivos y “generosos”, sonríen y te compadecen porque escribes con discreto renombre aunque ya hayas publicado dos o tres novelas que incluso han tenido buenas críticas. Al día siguiente de ganar el premio y salir en la tele, tus suegros están encantados, el carnicero te reconoce y aquellos amigos ayer tan condescendientes hoy te buscan y admiran. Todos te conocen. De pronto “te ven” y sienten respetuosa distancia, incluso los que hablan mal de los premios. Eres un Otro. Un o una Otro, y mejor.
- O sea ¿que los premios son como los sacramentos católicos e imprimen carácter?
- Pues algo así aunque te rías. Es que un premio lo que produce es “ampliación”, entendido como un concepto distinto a la mera extensión. Ampliación que incorpora un cambio del ser y no solo de estar, no solo estás en más sitios o eres en más sitios si no que tu ser, tu sentimiento de ser, se transfigura, se trasmuta, se amplía. Como cuando se habla de ampliación del capital: aumento del valor nominal de las acciones, del nombre. Más allá de un aumento de tamaño o duración es un cambio de condición, hacia dentro y hacia fuera: sabes que muchos te van a criticar pero sabes que esa crítica siempre será entendida como envidia o rencor o frustración. Criticar públicamente al ganador no es nunca una buena inversión. Además de todo esto hay algo inevitable: en la trayectoria de toda autoría hay un momento en que si no pasas por los premios no creces, te anquilosas, dejas de sentirte escritora o escritor.
-¿Cuantos lectores son necesarios para sentirte escritor?
- Supongo que para un poeta llegaría con trescientos, para un ensayista con mil, pero para un novelista las inmensas minorías no son suficientes. La novela necesita mayorías, es un género que “pide” público, espacio cuantitativo. Y en España necesitas los premios para llegar a esas mayorías y a esos espacios.
- ¿Aunque sea a costa de corromperse?
- No se trata de eso, al menos en mi caso. Aceptaría incluso la palabra sumisión aunque adecuarse a lo que hay me parece lo que más se ajusta a lo que sucede. No hay corrupción porque no hay engaño: aquí todo el mundo sabe a lo que juega.
-¿Incluso los tantos y tantas que envían con ilusión sus manuscritos?
- No creo que se engañen; serían muy tontos si no supieran lo que pasa. Lo suyo es tirar una botella al mar esperando que alguien en la editorial la recoja. Alguna vez seguro que ha pasado y con una vez que pase es suficiente.
-¿Para lavarse la mala conciencia?
- Quien la tenga; tener mala conciencia es un lujo que yo por ejemplo no puedo permitirme. Además hay una selección previa y un jurado que hace su trabajo.

Los jurados.
En la película documental que Augusto M. Torres realizó sobre la figura del escritor Juan Marsé este recuerda que cuando en los años 2004 y 2005 fue jurado del premio del premio Planeta – que años antes se la había concedido a él- había cosas que no le gustaron y pidió cambios que al no producirse le llevaron a dimitir. A su juicio, los miembros del jurado eran "floreros" o actuaban como "funcionarios" del grupo Planeta ante unos manuscritos de "muy bajo nivel". Salvo este episodio de la renuncia por parte del autor de La muchacha de las bragas de oro bien podría escribirse una buena historia de misterio sobre el por qué callan como muertos los jurados de los premios literarios. Callan pero no sabemos si al callar otorgan. Lo cierto es que los otros personajes mudos de la película, los premiados, se salvaguardan las espaldas y penitencias cobijándose en los siempre respetables miembros del jurado que la editorial de turno elige y paga. Su composición, de entre cinco y seis “figurantes”, tiende a permanecer constante y agrupa usualmente dos o tres autores “ de la casa”, algún otro autor o autora de renombre medio y uno o dos representantes más o menos directos de la empresa editorial. Esta componenda de participantes permite incluso que uno, o dos o tres de los miembros del jurado “no se enteren” o no se den por enterados de lo que sucede. Llega con que haya una mayoría relativa que refleje bien “la filosofía editorial” que el premio encarna. Podría incluso suceder que todos los miembros del jurado jugaran a la inocencia porque lo usual es que el aparato editorial seleccione una decena de finalistas y ese seleccionar interno permitiría cualquier componenda al respecto por aquello de que quien parte y reparte se lleva la mejor parte. Llevar a cabo la elección previa suele recaer en algunos colaboradores externos que realizan la criba siguiendo las indicaciones oportunas para que no se produzcan problemas semejantes al que tuvo lugar en 2012 cuando, con ocasión del fallo de Premio de Poesía “Ciudad de Burgos”, dos preseleccionadores denunciaron la actitud que la editorial convocante y “algunos acreditados miembros del jurado, que presumen de ética, han puesto en práctica para premiar un trabajo que, dada su escasa calidad, no había sido seleccionado previamente y que no dudaron en incluir entre las obras finalistas para, sin recato ni pudor alguno, otorgarle el reconocido premio poético».

Las cloacas.

Todo se sobreentiende pero nadie osa llamar al pan Antonio o Alberto (por ejemplo) y al vino Clara o Guadalupe (por ejemplo). Todos saben que allí pasa lo que pasa y se cuece lo que se cuece pero esa confabulación ilícita entre empresarios del libro y las autorías de novelas, ensayos o poemas apenas crea escándalo. A los corruptores se les trata de mecenas, a los corrompidos de honrados talentos, a los mamporreros de jueces justos, a los concursantes de esperanzados y al público de compradores o lectores, a los que tanto debo y tanto quiero, de agradecidos por tanta letra e historia entretenida. Es raro que alguien proteste y más raro es que la queja pase de la palabra y el fraude llegue a juzgado alguno. El escritor Ricardo Piglia, el editor Guillermo Schavelzon y la editorial Planeta fueron condenados ayer a pagar $10 mil a Gustavo Nielsen, un escritor que según los jueces de un tribunal argentino se vio perjudicado por la manipulación del concurso literario Premio Planeta de Novela 1997 en el que resultó premiada la obra Plata quemada. Tan infrecuente hecho y sentencia recoge además que “existen demostradas muchas circunstancias que revelan la predisposición o predeterminación del premio en favor de la obra de Ricardo Piglia" y destacan la "menguada participación del jurado", compuesto por Mario Benedetti, María Esther de Miguel, Tomás Eloy Martínez, Augusto Roa Bastos y el editor Guillermo Schavelzon.
La Omertá entre corruptores y corrompidos parece absoluta y apenas hay noticias de que alguien la rompa si bien con ocasión del juicio por plagio contra Camilo José Cela presentada por Carmen Formoso, en una carta a los abogados de la demandante, Miguel Delibes, que ha mantenido en varias ocasiones que Planeta le ofreció el premio no una vez sino "con periódica reiteración, duda de que Cela haya plagiado la novela La cruz de San Andrés con la que gana el Planeta de 1994, pero asegura que puede aportar datos sobre las fechas, los testigos y las palabras exactas de José Manuel Lara, consejero delegado de Planeta, cuando le ofreció el premio a él. Por su parte Juan Benet , el legitimador del literario contubernio, muchos años después de su participación en el artificio contará (Cartografía personal, Cuatro Ediciones, 1997.) la oferta insistente de Borrás, la satisfacción de Lara padre por verlo de concursante sin seudónimo, la firma del contrato por dos millones antes del fallo e incluso la entrega fuera de plazo del manuscrito.
La familia real, Urdangarín mediante, y las autoridades competentes – soberanistas centrífugos o o
federalistas centrípetos- homologan con su presencia la farfolla de los actos de entrega. El periodismo cultural (¿pero es posible tal oxímoron?) vende las sospechas para luego bendecir las panoplias con gusto y vocación concelebrante. Los jefes de redacción disponen alfombras rojas para entrevistas y despieces. Los premiadas y premiados son bienvenidos a todo festejo literario y sus bolos sufren un incremento exponencial en número y emolumentos. Probada su buena disposición pasaran a formar parte de jurados y novelerías. La fama les facilitará ocupar tribunas desde las que desgarrarse la ropas y condenar la corrupción nuestra de cada día.
El regador regado. Que dios nos tenga en su gloria. Y sí, hay también, afortunadamente, premios literarios transparentes y jurados honestos que no miran hacia otra parte, pero no vendría mal que todos o algunos de ellos se harten de que se tome la parte (podrida) por el todo y reclamen la oportuna investigación e intervención del Tribunal de la Competencia, o que, hartos de tales prácticas, las denuncien acogiéndose si hace falta al Reglamento de Actividades Molestas, Insalubres, Nocivas y Peligrosas. Antes de que estallen las podridas cloacas de nuestra vida literaria o Aquiles se retire del combate.

Narrativa armada: la novela como realismo radical,

Web www.ladinamo.org

Fuera de Catálogo: El extremo placer de los actos gratuitos
                                                                  Constantino Bértolo
 
Las pistolas. Félix Rotaeta. Hiperión, 1981
 
             Fue el año en que Tejero protagonizó el primer reality de Gran Hermano en la tele y el año con más atentados de ETA, pero era también el tiempo de la movida madrileña que fue el traje que se puso la postmodernidad para aterrizar en aquella España que acababa de salir del desencanto, vivía el espanto de Calvo Sotelo presidiendo el Gobierno y que un año más tarde, de entrada no, asistiría pragmática a la quema de la pana de Felipe y Guerra en aras de Armani y la alpaca mientras Polán y Cebrianco se frotaban las manos con los dividendos de su imperio mediático a toda vela, no corta el mar sino vuela. 
 
           La editorial Hiperión donde aparece el libro de Rotaeta todavía sobrevive hoy, nuestra enhorabuena, y mantiene un alto prestigio como sello de clara inclinación hacia la poesía, pero por entonces navegaba también con buen rumbo literario por los mares de la narrativa, aunque acaso con no demasiados buenos resultados económicos. En su catálogo la presencia de autores como Mariano Antolín Rato, Ramón Buenaventura, Victor Mora, Raúl Ruiz, Santiago R. Santerbás o Serafín Senosiain habla a las claras de que la línea editorial estaba lejos de lo usual o predecible. Y para muestra dos botones: Las pistolas de Félix Rotaeta y Merienda de negros, del mismo autor. Dos novelas a falta de una, aunque aquí sólo vayamos a hablar de la primera.

            Conocido como uno de los personajes de la movida madrileña, componente señalado del mítico grupo teatral Los Goliardos, actor en películas tan referenciales como Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, Tigres de papel, Qué hace una chica como tú en sitio como este o Justino, un asesino de la tercera edad, Félix Rotaeta merecería, por el solo hecho de haber escrito esta novela corta (pero de hondo calado), ser rescatado del silencio editorial y literario en el que su nombre habita. Si Tarantino cambió la sintaxis narrativa del cine de acción, Rotaeta introduce con su narrativa una mirada radicalmente antiacadémica, amoral en apariencia, que le otorga la indudable condición de claro aunque ignorado precursor de la narrativa española más rabiosamente postmoderna.

             Las pistolas es una novela insólita, inusual, sorprendente, nueva (por aquel entonces todavía se podía distinguir lo nuevo de lo último), radical, extraordinariamente imaginativa y extraordinariamente realista (fracción realismo radical: que va a las raíces pero no olvida que para recoger los frutos conviene andarse por las ramas). A mí me recuerda a Las cuevas del vaticano de Gide o a El marinero de Mishima, aunque no sabría decir muy bien por qué. Quizá porque trata de eso que se llamó "el acto gratuito", ese tipo de libertad aparentemente absurda o monstruosa pero que esconde en su despliegue una necesidad tan inevitable como lo es para el mar beberse las lágrimas de un pez (volador).

           Dos jóvenes se descubren y conocen en una situación insólita: ambos participan como miembros voluntarios del pelotón de fusilamiento con que el franquismo final mostraba su rabiosa agonía. Su especialidad es el tiro en medio del entrecejo. No fallan.

         Andrés es profesor universitario, de acomodada familia madrileña, de libido problemática, con una novia, Ana, para ir al cine y cenar y un círculo de amigos entre pijos y progres, clientes habituales de El Sol, el templo icónico de la movida madrileña en aquellos años. Pero él se aburre. Le gusta más la música clásica. Detenta spleen más foucaultiano que baudelairiano. Luis, huérfano de padre y edad semejante, con origen social cercano las clases bajas -comidas familiares con la tele sonando a todo trapo, madre y hermanas con rulos y batas de boatiné- vive ya en los territorios lumpen: tráfico de drogas, pistola, relaciones chulescas con una camarera de rubio teñido. El destino más que el azar los reúne y establecen una singular amistad. El asesinato de Ana estrecha sus lazos. Luego más asesinatos estúpidos y los lazos, al menos en apariencia, se siguen estrechando. Luego lo previsible: acaban por ser descubiertos y se sienten acosados. Y al final lo menos imprevisible: la lucha de clases que rompe el guión de lo esperable: no ganan los malos.

          Capítulos cortos, diálogos severos y ágiles, descripciones las imprescindibles, la sobriedad expresiva como talento. Una pequeña joya que afortunadamente nada tiene que ver con la exploración del mal y esas cosas. Se limita a hacer un resumen nada neutral de la vida. Por supuesto, con minúscula.
 
Publicado en Ladinamo 2009

lunes, 30 de enero de 2017

Non Serviam




La Literatura y el Non serviam.
                                                        c.b.

En cierto modo puede entenderse que la Literatura está conformada por todo el patrimonio de historias, sucesos, aconteceres, fantasías, testimonios, relatos, palabras en definitiva, a través de las cuales, configuradas como poemas, dramas, narraciones o historias, los hombres y mujeres, a lo largo de los tiempos han dejado memoria oral o escrita de sus miedos y deseos, de sus esperanzas y fracasos, de sus derrotas y logros, empeños y olvidos, mitos y angustias. La literatura entendida como el lugar donde habita la palabra memorable, la que merece permanecer, devenir herencia, promesa y aviso. En la literatura así considerada, como repertorio de temas y motivos, puede encontrarse lo mejor y lo peor, lo más noble y lo más abyecto de eso que hemos convenido en llamar la condición humana y que muchas veces la literatura muestra en negativo: como la condición inhumana. La literatura como árbol que hunde sus raíces en el deseo profundo de ser memoria y recuento saltando más allá del tiempo o el espacio concreto donde el texto o relato tuvo su nacimiento. La literatura como instrumento técnico capaz de sortear la fugacidad de una vida, de esquivar los condicionamientos de lo biológico para, apropiándose del don sagrado de la omnipresencia, revelarse como una especie de inmortalidad al alcance de esa especie limitada que al cabo constituimos. Árbol en cuyo tronco se asientan las palabras que fueron, son y serán, y del que arrancan ramas múltiples y hojas, brotes, flores y frutos, amargos unos, gratos otros. Árbol de la sabiduría, del bien y del mal, donde buena parte de la humanidad busca, acogida a su sombra, cobijo, consejo o consuelo frente a la aventura de ese aventurarse inevitable que es el vivir, y el morir. La literatura, también, como cielo estrellado donde brillan, “titilan a lo lejos”, en medio de la noche oscura, astros, planetas, lunas, cometas, satélites artificiales, asteroides y estrellas fugaces. Un espacio abigarrado que desde el principio de los tiempos, es decir, desde el principio de la memoria, hombres y mujeres tratan de ordenar a fin de orientarse en medio de ese aparente caos de voces, –la literatura- a las que pedimos respuestas o preguntas cuando deseamos encontrar el sentido a una existencia que nadie ha demandado y de la que seremos arrojados sin que se nos haya solicitado permiso alguno. La literatura como mapa de la noche: sistemas solares, galaxias, constelaciones, y como brújula semántica que señala la significación de las palabras. Hablamos de la novela como una de esas grandes galaxias que topografiamos delimitando en ella constelaciones diversas: la novela histórica, la novela de aprendizaje, la novela de adulterio, la novela de aventuras, la novela de misterio y terror. Una ordenación acaso más arbitraria que ingeniosa pero que igual que el planisferio nocturno sirve al navegante en su viaje nos permite orientarnos en la urdimbre de textos que la literatura ha venido tejiéndo desde que la palabra cobró vocación de memoria.
Huelgas, revueltas y revoluciones son tres palabras que comparten un mismo campo semántico, una misma evocación compartida, un mundo común sin duda definido por la resistencia frente a la opresión tiránica o a la injusticia sentida como tal, ya esté ese sentimiento asentado en causas objetivas ya sea un sentimiento subjetivo y por tanto enjuiciable y polémico. Resistencia colectiva e individual frente a un poder que se vive como injusto, frente a una situación que socialmente se vuelve intolerable. Resistirse, non serviam, a lo que nos oprime parece, en principio al menos, un movimiento connatural, biológico, fundado en la necesidad animal de moverse libremente y sin ataduras ajenas dentro del habitat donde nuestros cuerpos han de buscar nutrientes imprescindibles para su supervivencia y reproducción y donde nuestras facultades son terreno propicio para la dignidad y la autoestima. El gesto de resistencia de quien busca soltura, libertad, autonomía. En el caso del animal humano que somos,”zoom politikon” en términos aristotélicos, habitantes de un espacio social, - uno entre los otros, otro para los unos,- el gesto será siempre un gesto social, individual y colectivo al unísono.
En los tres conceptos que dan nombre a este libro lo colectivo es el rasgo pertinente y básico si bien lo individual no deja de ocupar un lugar sobresaliente. Por huelga, entienden los diccionarios la “Interrupción colectiva del trabajo con el fin de imponer ciertas condiciones o manifestar una protesta; por revuelta "Alboroto, alteración, alzamiento colectivo y violento contra la autoridad,”, y por revolución “Cambio violento en las instituciones políticas, económicas o sociales de una nación.”. Si ya cada uno de estos términos por separado deja entrever la materia a la que apunta este libro, es dable señalar que su aparición conjunta en el sintagma que da título al libro avisa sobradamente que se trata de proponer una constelación de textos que den cuenta , del modo más coherente y representativo posible, de la expresión literaria que la tradición emancipadora social ha ido trazando a lo largo de la Historia y de la Historia de la Literatura, dos secuencias temporales cuya cronología no siempre se superpone. De ahí que para la narración de un hecho acaecido en el siglo I antes de Cristo, la rebelión de Spartacus por ejemplo, se ofrezca un texto narrativo escrito en el XX, mientras que en otros caso la cronología del hecho y del texto sea casi simultánea porque el episodio histórico y la creación del texto literario correspondiente, la muerte de Emiliano Zapata, coinciden en el tiempo. Desde la voluntad de incorporar al conjunto de textos un panorama histórico del movimiento emancipador, se ha optado para su presentación por un ordenamiento cronológico que atiende al trazo de la historia y no al momento en que tiene lugar su expresión literaria. Se abre así con la narración de un suceso “anterior a todo tiempo”, la Rebelión de Lucifer, para cerrarse con una revuelta radicalmente contemporánea: los movimientos antiglobalización. La elección de este orden responde a la intención con que hemos tratado de vertebrar este volumen entendiéndolo como una unidad de sentido y no como un mero muestrario o recopilación de textos que dieran cuenta simplemente de una materia común como tantas otras. Para poder trasmitir la impresión deseada de que el camino de la emancipación de hombres y mujeres frente a toda traba o poder que impida su realización: la construcción de un espacio social donde nadie se apropie para su beneficio personal del destino de nadie, es un camino en marcha, con sus inevitables y tortuosos tramos de avance, retroceso y parada, tal disposición de los textos seleccionados nos ha parecido imprescíndible.
Justificar los criterios de selección de los textos que se proponen requiere más detenimiento aun cuando bien podrían resumirse en dos principales: calidad literaria y capacidad de significación. Por desgracia, o suerte, la calidad literaria no es una condición fácil de determinar y la historia de la literatura es una prueba evidente de ello; valga como ejemplo el desprecio literario de todo el siglo XIX hacia la obra de Góngora o el descrédito que el neoclasicismo del siglo XIX expresó hacia el teatro de Shakespeare. Estamos por tanto ante un concepto relativamente inestable y aunque no nos parezca que tenga su fundamento en la mera subjetividad individual, su posible objetividad descansa en un cierto grado de acuerdo o convenio que cada tiempo o época o cultura realiza a modo de canon dominante. Ni siquiera el propio concepto de que sea o no sea un texto literario está libre de condicionantes temporales. En cualquier caso hemos tratado de adoptar en la tarea de selección una actitud respetuosa con lo que llamaré las estimaciones literarias dominantes si bien, las necesidades de atender al otro criterio autoimpuesto, la capacidad de significación, han podido dar origen a la presencia acaso inesperada de textos cuya calidad o incluso cualidad literaria podría ser puesta en cuestión desde ámbitos literarios distintos. Me refiero, por ejemplo, a la oportunidad de reproducir dentro de un libro con clara vocación literaria como es éste, los noventa y cinco puntos de las tesis de Lutero o la declaración de derechos a que dio lugar la independencia de las colonias norteamericanas. He de retomar la idea ya expresada con anterioridad acerca de la literatura como “palabra memorable” para hacer ver que textos semejantes reúnen a mí entender cualidades que van más allá de su posible consideración como mero documento o testimonio histórico.
La capacidad de significación, en tanto criterio, enlaza por un lado con la representatividad del material literario elegido y por otro, con su adecuación o
conveniencia compositiva respecto al sentido que hemos tratado de otorgar al conjunto. En lo que a esto atañe la fábrica o armazón del libro, aún sin olvidar el norte literario que lo encaminaba, partió de un esquema, en principio, más histórico que literario. Se decidió en primer lugar la secuencia de acontecimientos, - huelgas, revueltas, revoluciones,- con que construir “la representación” de ese camino en marcha citado, es decir, los acontecimientos necesarios para que el libro contase, a nuestro juicio, lo que queríamos que contase, prefiriendo siempre, dentro de lo posible, la elección de aquellos que, por ser de mayor conocimiento general o de mayor proximidad a nuestro entorno cultural, más fácilmente vehiculasen la conveniente representatividad. Y así, si bien se quiso que la rebelión contra los dioses estuviese presente en la apertura, se eligió la rebelión de Satanás antes que la historia de Prometeo y los Titanes que los textos clásicos nos ofrecen o las revueltas contra Odín presentes en las sagas germanas o el enfrentamiento entre dioses que encontramos en el Mahabharata y, con la misma orientación, se prefirió el texto sobre la revuelta irmandiña, cercana a nuestras circunstancias geohistóricas , frente a una posible crónica sobre algún episodio de las jacqueries francesas.
Seleccionados los tramos del camino, la inclinación por uno u otro texto determinado responde por tanto a la necesidad de conjugar adecuadamente los dos criterios señalados. Aún así, la selección, en muchos casos y sobremanera en aquellos relacionados con episodios o momentos históricos, la Revolución Francesa, el movimiento obrero, la Revolución Soviética, las luchas antifranquistas, que han generado una abundante y espléndida literatura, la difícil decisión final se hizo atendiendo a otros criterios convenientes aunque no prioritarios: sostener o despertar el interés de los posibles lectores, abarcar distintos géneros o estilos literarios, procurar su diversidad temporal, introducir un ritmo ágil y atractivo, conjugar lo conocido con lo infrecuente, y, con especial acento y cuidado, equilibrar desde la pluralidad los inevitables perfiles ideológicos. No se trataba de buscar ninguna imposible imparcialidad sino de evitar ópticas uniformes o cómplices, a fin proponer miradas literarias complementarias que revelaran ángulos y acercamientos que al entusiasta, al sectario, al enemigo o al simpatizante se le escapan consciente o inconscientemente. Contar un camino no es, no debería ser al menos, listarse a cantar o concelebrar el camino; en primer lugar porque el camino es tortuoso, complejo y falible, y, en segundo, porque las veredas de la Historia ni son de dirección única ni están predeterminadas ni profetizadas. Entiendo que la presencia de una voz disconforme como la del Padre Guevara hablando de los Comuneros de Castilla o la de Sofía Casanova narrando con distanciamiento singular la Revolución bolchevique ilustran de modo suficiente el talante con que, sin renunciar a nuestro objetivo, hemos tratado de plasmar esta propuesta literaria sobre la emancipación, el inconformismo social y la lucha contra la injusticia. Un eje de afán y esfuerzo que atraviesa la historia de la Humanidad.
En considerable proporción los textos escogidos forman parte de lo que se ha venido llamando la literatura revolucionaria y que identificamos como aquel conjunto de textos que al calor del surgimiento del movimiento obrero ha venido acompañando al desenvolvimiento de las ideologías socialistas desde mediados del siglo XIX. Ha sido nuestro propósito sin embargo, enraizar esta estela literaria de rebeldía, protesta o motín en un paisaje temporal mucho más amplio acudiendo a los muchos y claros precedentes que en las literaturas anteriores al siglo XIX se encuentran. El fracasado “golpe de Estado” de Lucifer, la “guerra de liberación“ que Moisés lleva a cabo contra un Faraón cuyo empecinamiento le obligará a recurrir al derramamiento de sangre inocente, la “utopía” de esa ciudad sin amos ni esclavos con que Spartacus sueña o el amotinamiento y “lucha armada” de los campesinos gallegos contra los abusos de los señoríos feudales, son episodios que incorpora con acertada fuerza expresiva esa larga tradición literaria que, más denostada que aplaudida, representa una dirección ética y estética viva y permanente y que ha dado lugar a obras literarias de tan alto relieve como La madre de Gorki, Talón de hierro o Marín Edén, de Jack London, La mina de Armando López Salinas, Central eléctrica de Jesús López Pacheco, Vámonos con el cañón para Bachimba de Rafael F. Muñoz, Los de debajo de Mariano Azuela o La consagración de la primavera de Alejo Carpentier, y que sin embargo y a despecho de su alta calidad literaria, y por razones que luego abordaremos ni aparecen formando parte del canon de la Literatura Universal, ni encuentran hoy por parte de la crítica o del mundo académico la hospitalidad necesaria para ser leídas con la atención y difusión que sin duda podrían alcanzar si el reconocimiento de su valor literario se realizase en condiciones ya que no favorables al menos no radicalmente hostiles. En un contexto social y cultural en el que predomina un confortable escepticismo activo contra cualquier ideología que se niegue a aceptar como razonable que el derecho al trabajo dependa de la voluntad empresarial de los que detentan la propiedad de los medios de producción, o que la mitad de la población infantil mundial padezca grave desnutrición, al tiempo que las basuras producidas por tan sólo uno de los llamados países desarrollados contiene valores nutrientes que solventarían esa carencia, una literatura que se niega a aceptar estos hechos como “naturales” o inevitables parece estar condenada a sobrevivir en los márgenes de un sistema literario que la soporta, cuando la soporta, como una antigualla estética. Rechazo que da cuenta en buena medida de su escaso conocimiento por parte de los lectores actuales y de la dificultad que supone en muchos casos encontrar ediciones disponibles de la mayoría de esas obras y autores que conformaron y conforman la tradición de esta literatura de lucha, combate y protesta, situación que convierte a este libro, más allá de nuestros aciertos o errores a la hora de la selección de textos concretos, en una ocasión casi única para recuperar un horizonte literario de extraordinario interés que pocas, muy pocas veces asoma por el paisaje editorial.
Es ésta una literatura de difícil caracterización formal y que si por su temática resulta reconocible y agrupable, por la variedad de géneros que encierra – poemas, narraciones, novelas, dramas- y por la diversidad de tendencias – realismo, crónica, alegoría, romances- con que se expresa, impide hablar en sentido estricto de ella como de un género o subgénero con sólida especifidad . No obstante entiendo que desde el punto de vista compositivo, dentro de ese corpus que la literatura de revuelta y revolución compone, se pueden detectar ciertos rasgos comunes si no constantes al menos significativos por su frecuencia.
Michael Waltez, al estudiar la producción literaria fecundada por las ideas de libertad, solidaridad y creencia en las posibilidades de alcanzar colectivamente una vida más justa, vio en el relato bíblico del Éxodo una estructura narrativa que puede aplicarse a todo relato revolucionario. Tres serían para él los elementos o topos pertinentes:
1. El lugar donde se vive (Egipto).
2. Existe un país mejor (la Tierra Prometida).
  1. Para llegar a ella hay que pasar por el sacrificio del desierto.
Pauta compositiva que creo podríamos trasladar a un esquema todavía más transparente o general:
  1. Situación de injusticia.
  2. Propuesta de una alternativa.
  3. Acción heroica para lograr el paso de otra situación.
Partiendo de esta secuencia estructural la literatura revolucionaria se configuraría temáticamente alrededor de tres momentos: el de la protesta o denuncia; el de la utopía o el ideal y el de la acción o enfrentamiento. Ahora bien, si tenemos en cuenta que, como señala Manuel Rodríguez Rivero, la característica estructural propia de “la literatura de aventuras” es la presencia en el entramado argumental de un obstáculo que los protagonistas deben salvar a fin de alcanzar una situación deseada, no debería sorprendernos el constatar que desde el punto de vista formal la literatura revolucionaria se presenta como una especie de pariente “rojo”de esa literatura de aventuras cuyo objetivo básico, el entretenimiento, es radicalmente opuesto al suyo: la toma de conciencia. Con todo, cabe también deducir de este parentesco, acaso no deseado, las razones que explican el por qué del raro destino al que se ve sometido esta literatura de denuncia y revuelta a la que, desde las instancias académicas hegemónicas, se viene descalificando una y otra vez en razón a una pretendida incompatibilidad entre la calidad literaria y la ideología política que en ella se respirara. Incompatibilidad entre lo político y la calidad literaria que, visto lo visto, sólo mostraría sus devastadores efectos negativos sobre “lo literario” cuando lo político se corresponde a una visión del mundo en el que está presente la necesidad o conveniencia de transformar o revolucionar, por injustas u opresivas, las reglas del juego económico y social que el capitalismo, como ideología dominante, defiende y presenta como únicas, adecuadas y posibles. Desde tal astigmatismo analítico, la literatura de protesta y revolución no dejaría de ser el pariente “feo y deforme”. Aventuras “contaminadas”, ingenuas cuando no monstruosas, manchadas de buenas intenciones, que hablan de cambiar este mundo que, podrá tener sus defectos o defectillos, claro, pero que es el único mundo posible; nada que ver por supuesto con la aventura sana, natural y limpia que nos cuenta como unos caballeretes de ánimo mercantil se lanzan avariciosos a la búsqueda de unas riquezas que no les pertenecen, reúnen capital para comprar un barco y pagar una tripulación y que, cuando esta tripulación de piratas se les amotina porque quieren conseguir lo mismo que ellos quieren, el tesoro, no dudan en recurrir a esa violencia que en los piratas condenan pero que la ideología mercantilista para su caso legitima.
La ideología dominante es como la señal más insistente y efectiva que emite un teléfono: el silencio; un silencio que propaga su mensaje – nadie llama- pero del que no se es consciente salvo que se viva en estado de necesidad: el enamorado o enamorada que angustiados esperan la llamada del amado o de la amada. Y en efecto esta literatura políticamente correcta “no suena”. Mientras que la otra, la “estridente”,los dueños del canon sólo toleran y admiten con renuencia y a cuentagotas: Los miserables de Victor Hugo, El don apacible de Sholojov, Imán de Ramón Sender, El guardián de Harold Pinter, Canto general de Neruda, Madre Coraje de Bertold Brecht, su existencia a modo de mal menor mientras insisten en levantar aduanas literarias que poco posibilitan el conocimiento y el desarrollo de cualquier imaginación literaria que pretenda insistir en la aventura, la gran aventura, de cambiar el mundo.
Por otro lado y en comparación a lo que sucede con la “no contaminada” literatura de aventuras, donde el protagonismo descansa con especial fuerza sobre un héroe individual, en la literatura de revuelta o revolución el protagonismo recae sobre un elemento o constructo narrativo de carácter dual donde lo individual y lo colectivo tienden a complementarse dialécticamente de manera semejante a como sucede en la épica tradicional, dando lugar a que las fronteras entre el héroe y lo colectivo que representa y encarna resulten casi imposibles de desgajar. Como consecuencia, y según el grado de fusión de esta pareja protagonista sea mayor o menor, el texto correspondiente adquirirá un perfil más o menos cercano a la épica, si la relación es equilibrada, a la novela, si pesa más el héroe individual o, a la crónica, en caso de que lo colectivo desempeñe el papel hegemónico.
El juego de posibilidades que se abren a partir de esta variedad de posibles tonos y perfiles determinará la personalidad literaria concreta de cada texto aun cuando la materia argumental les otorgue un inconfundible aire de familia. Aceptando el hecho de que toda obra literaria aporta su correspondiente “sonido ideológico” hemos tratado a la hora de hacer nuestra selección de que toda esa amplia gama de acercamientos literarios al tema, uno y trino, que el libro propone, estuviera representado, de manera suficiente y en lo posible, a lo largo de sus páginas a fin de que los lectores disfruten con los diferentes y particulares “sonidos literarios” que cada uno de ellos transporta confiando que en conjunto, como las notas en un pentagrama, creasen un todo armónico, grato y coherente.
Con cada texto hemos querido proporcionar al lector una tonalidad diferente, desde la posible exaltación hasta la emoción intelectual reflexiva, desde el tono alto de la voz poética de John Milton hasta el desgarro popular de un corrido mexicano, desde la carta íntima del condenado Juan de Padilla hasta la proclama imperativa de Franz Fanon, dejando que fuera finalmente la sensibilidad literaria de los lectores la que interpretase el sentido y valor de esta travesía literaria que, no en vano y como bien decía Don Antonio Machado: “Caminante no hay camino. Se hace camino al andar”. Es evidente que en esta antología hay una ausencia escandalosa: la Revolución Cubana. Quisimos contar con un texto de Cabrea Infante anterior a su disidencia, no fue posible y lo lamentamos. No siempre “las intendencias editoriales” permiten que se cumplan las intenciones del antólogo. A veces un hueco “dice” más que mil palabras. En cualquier caso el objetivo de nuestra tareaha querido ser el de aportar hitos, guijarros y señales de un camino. Pues todo libro es brújula, mapa y viaje. Salud y feliz singladura.
Prologo a Huelgas, Revueltas, Revoluciones. 451 Ediciones, Madrid, 2006