domingo, 4 de septiembre de 2016

La responsabilidad narrativa



EL PAÍS. Este articulo apareció en la edición impresa del 18 de abril de 1998.

LA RESPONSABILIDAD DE LA NARRATIVA

La narración es una de las formas de construcción de la identidad. Lo que llamamos el yo es una narración, lo que llamamos nación es una narración. El pasado es una narración y el futuro es una propuesta narrativa todavía no publicada. Y la narrativa, en cuanto a género literario, es un conjunto de narraciones que se inserta en esa narración global que llamamos historia. En cada momento, la sociedad se está narrando a sí misma. En cada momento histórico, la sociedad parece privilegiar a determinados narradores, ya sean los políticos, los economistas, los artistas, los filósofos o los obispos; presenta un punto de vista desde el que ser narrada (el social, el económico, el estético, el religioso o el de la prensa del corazón), y en cada momento, esa narración ofrece sus héroes o protagonistas, sus materiales narrativos y hasta los soportes narrativos a través de los cuales la narración se hace pública. El resultado es una narración dinámica pero reconoci ble. Dentro de ella compiten los posibles narradores, los posibles puntos de vista y los posibles héroes narrativos. Hay soportes narrativos que ocuparon en su momento un lugar de relieve: el púlpito, el teatro, la escuela, y que hoy ceden su preeminencia a la televisión, el cine, la radio o la prensa. La narración literaria, que es un elemento más dentro de ese sistema narrativo global, es un conflicto en un tiempo. Ese conflicto da paso al argumento que lo argumenta y a la trama de personajes y acciones que lo muestra y desarrolla. A través de la narración se le ofrece al lector la experiencia de la compresión.

Compresión en el doble sentido del término: como acto cognitivo y como acto moral al modo en que alguien nos solicita -"sólo pido comprensión" - empatía más allá del juicio. Esa comprensión que parecía reclamar hace poco el lehendakari Ardanza y que hubiera hecho con veniente que en la Mesa de Ajuria Enea se hubiera sentado algún narratólogo profesional, pues, al fin y al cabo, debajo de los conflictos nacionalistas subyace siempre un conflicto entre narraciones que se viven como diferentes, como contrarias o como complementarias.

El modo de conocimiento propio que caracteriza a la narrAtiva reside en capacidad de experiencia y, por tanto, para actuar sobre las biografías, ya sean éstas personales o colectivas, y así, del mismo modo que decimos que la lectura alteró la biografía de Don Quijote, el poeta lord Byron señaló que la lectura de Don Quijote modificó la biografía colectiva de los españoles. Sobre esa capacidad descansa el prestigio cultural de la narrativa y sobre esa misma capacidad de intervención se levanta su responsabilidad.

En una situación histórica como la actual, en la que la na rración global de la sociedad se ve dominada por un único valor dominante: la rentabilidad a corto plazo y su correlato ideológico: "sólo es real lo que es rentable a corto plazo", a la narrativa se le presentan dos opciones: seguir los senderos que marca aquel pensamiento único -instalándose en una narrativa de suspense, narcisismo y espectáculo, con unas gotas de metaliteratura- o enfrentarse a la narración única que nos invade con propuestas narrativas que pongan en cuestión o al descubierto sus fallos narrativos -paro, angustia, mediocridad, usura, codicia, soledad- o nos ofrezcan criterios de verosimilitud que no descansen en la convención ideológica que la mera rentabilidad representa y encarna.

Es un problema de responsabilidad, es decir, un problema literario que recientemente Eduardo Mendoza abordaba con certera portunidad en su novela Una comedia ligera. Un título revelador que debería leerse con atención antes de lanzarnos alegremente a trasplantar el slogan aznariano, la narrativa española va bien, a nuestro campo literario.


sábado, 6 de agosto de 2016

Los libros invisibles


Los Libros invisibles.




Tranquiliza saber que el libro perfecto es el libro que no existe. Lo saben los críticos que con uñas y dientes pregonan cada semana el arribo de cien nuevas obras maestras. Lo sabe el autor que se disculpa afirmando que su mejor libro será el siguiente. Lo saben los lectores que cierran uno y como Tántalos acercan su sed hacia aquel que a bombo y entrevista anuncia su llegada. Lo saben las 11.000 agentes literarias y los tres agentes literarios que con cariños de celador o madrastra animan a su cuadra a galopar en busca de ganador o colocado. Lo saben los distribuidores (en teoría, si el editor es la cabeza, ellos son los pies y en estos tiempos, para gloria del comercio cultural, las editoriales piensan con los pies) que calibran el producto con ojos de alpinista de montaña: un 5.000 (ejemplares), un 8.000, un 50.000, ¡un 100.000!, y echan cuentas y sueñan con que la cumbre más alta inflame sus ganancias.
Lo sabemos todos porque, aunque todos vamos de platónicos por la vida, buscando cobijo a la sombra de la belleza prometida, luego resulta que hay lo que hay, y lo perfecto, nos decimos aristotélicos, es enemigo de lo bueno y sabemos también (Lara dixit), que ni los libros ni los niños ni los premios literarios vienen de París. Así que salga usted y escoja. Que mañana los libros volarán en busca del lector perdido y hallado en el templo. Día del Libro. Que un libro al año no hace daño.


España es un mercado editorial con más de 80.000 títulos anuales (según las últimas estadísticas). 80.000 títulos que se escriben, editan, se revuelven e incorporan, circulan, se venden, se regalan o se leen. O se mueren, porque muchos son los llamados y pocos los escogidos, y la tendencia de los últimos años refuerza esa dirección: crecen los títulos publicados y mengua la tirada media; es decir, cada vez hay más títulos pero se venden menos títulos. Y lo que parece una contradicción, no lo es: la venta se concentra en algunos pocos de entre todos los publicados, mientras que el resto son claros candidatos al saldo o a la guillotina.
Desde fuera, los profanos no acaban de entender que España, siendo uno de los países europeos donde relativamente se lee menos, sea sin embargo uno de los que más títulos edita. La cosa tiene sus explicaciones. El mercado editorial, como desterrado en desierta playa, lanza cada vez más botellas al océano con la esperanza de que la cantidad amplíe las posibilidades de victoria. Un título que venda 10.000 es salud para una editorial de tamaño discreto; un éxito de 20.000 deja respirar a las medianas y uno de 50.000 es agua de mayo incluso para las grandes. Ya se sabe: a mayor precariedad, mayor gasto en loterías; a menor renta, mayor índice de natalidad.

Alguien dijo que un libro es una isla en espera de un náufrago o un náufrago que espera la llegada de una isla. Sea como sea, los libros serán mañana un archipiélago de papel en medio de la urbe. Y se oirá el canto de las sirenas; es decir, los mil y un reclamos y altavoces de los medios de producción de necesidades: publicidad directa o indirecta, suplementos especiales, noches de libros, firmas de autores y autoras, coloquios, informativos, entrevistas, rosas, performances, lecturas, concursos, obsequios, saltimbanquis de la crítica y tesis doctorales. El reino del marketing. Y al final, lo de siempre: todos atentos para ver si la crisis deja o no su huella sobre el monto económico y el morbo de chequear quiénes han sido los autores más vendidos. Los más vendidos.
España es una librería con más de un millón de obras maestras, según las últimas reseñas. Si leer, como dicen, nos hace más libres y comprar, insisten, nos hace más felices, el libro es la mercancía perfecta. Hay que elegir, claro, y elegir agota, decía Rilke, pero no nos preocupemos tontamente, pues el mercado elige por nosotros. La lista de los libros más vendidos está al alcance de todos los españoles, incluso de los que están hartos de ser españoles. La lista como criterio, el mercado como inteligencia.
Con un poco de suerte, hasta estarán en los mostradores, del salón en el ángulo oscuro, los libros invisibles. Islas ignotas, lejos de las rutas literarias más frecuentadas. Islas en la niebla, con escasos atractivos para el turista, sin playas fotogénicas ni simetrías narrativas, sin misterio ni descubrimientos del Mediterráneo, sin detectives sabihondos, escépticos o salvajes. Náufragos sin botella en medio del oleaje de la promoción de novedades. Insólitos. Invisibles, casi inexistentes, casi, por tanto, ellos sí, perfectos. Inesperados. Bueno será, propongo, taparse con cera los oídos, sujetarse al mástil y hurgar en esa imprescindible lista de los libros menos vendidos que nunca vemos publicada.
Una lista en la que no deberían faltar títulos como La palabra quebrada, de Martín Cerda (Editorial Veintisiete letras), La fuerza de la gravedad, de Francesc Serés (Alpha Bucay), Mamadú va a morir, de Gabriele de Grande (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo), Panfleto para seguir viviendo, de Fernando Díaz (Bruguera), Introducción a la Guerra Civil, del Colectivo Tiqqum (Melusina), Libro de las derrotas, de Antonio Orihuela (La oveja roja), Ropa tendida, de Eva Puyó (Xordica), España, de Manuel Vilas (DVD), Crónica del 6, de David Fernández (Virus), Perdóname, pero te amo, de David González (Baile del sol), Estado de necesidad y legítima defensa, de Günther Anders (Centro de documentanción crítica), Soy apache, de Gerónimo (Mono azul), El hombre risa, de Javier Maqua (KRK), o La presencia de las cosas, de Pablo Sastre ( Hiru). Feliz Sant Jordi. Y el Dragón. No se olviden del Dragón.
Publicado en El Publico (creo) con ocasión del Sant Jordi de 2009

jueves, 28 de julio de 2016

Agosto 1988


PODER

Habían leído muchos libros y creyeron que se sabían la lección. Sabían que el poder corrompe, pero pensaban que era cosa de los otros. Se sentían ajenos, generosos, incorruptibles. No querían ni el poder ni sus migajas. Habían leído Las ilusiones perdidas y Una educación sentimental, pero alguien les contó que el realismo era cosa del pasado. Durante años lucharon contra el sistema, levantaron barricadas, escribieron miles de panfletos, rompieron las lunas de los bancos y dieron disgustos a sus padres. Descubrieron el amor y la solidaridad al mismo tiempo.
Un día uno de ellos fue nombrado redactor jefe. Al día siguiente, dos fueron ascendidos a jefes de servicio en un gabinete de finanzas. Cuando pasó un mes la mayoría ya se había situado en los peldaños intermedios del poder. En sus casas entraba el diseño y mandaban a sus hijos a colegios bilingües, pero seguían sin saber tratar al servicio. Después de tantas reuniones y asambleas sabían cómo y cuándo utilizar las palabras. Unos se hicieron asesores, otros publicaron sus primeras novelas, los más avispados hicieron compatibles ambas aficiones. Pensaron que el éxito sólo podía volver imbéciles a los tontos.
Están en todas parte. En todos los consejos de redacción de las mejores revistas de moda, cultura o deportes, y pasan de unas a otras sin problemas porque ya todo se parece. Son ministros, subsecretarios, presidentes de comunidad, asesores jurídicos y financieros de las grandes empresas del Estado. Son directores de hospitales, miembros de todos los jurados de todos los premios literarios y de los otros. El poder les ha venido y nadie sabe como ha sido. Leen libros dulces y bellos, con un poco de vida interior y un poco de desgarro. No recuerdan a Balzac ni a Flaubert. No recuerdan que ninguno de ellos es banquero, que ninguno de ellos tiene armas ni que ninguno ha llegado obispo auxiliar. Ni siquiera asumen que son el poder de cada día porque en estos tiempos, parece, nadie quiere sentirse responsable. Y, sin embargo, lo somos.

Publicado en el diario El País el 14 de Agosto de 1988

martes, 12 de julio de 2016

Líneas de batalla cultural: dos.


El partido como frente cultural (II)



No se trata de algo que “se piensa” sino algo a través de lo cual se piensa y se vive.” Juan Carlos Rodríguez

Decíamos que, entendiendo la cultura como conjunto de referentes comunes, tangibles e intangibles, utilizados para identificar e impulsar valores compartidos, y partiendo de la idea de que cultura no es una simple acumulación de conocimientos sino el proceso dinámico y continuo de generación, producción y valorización de lo común – entendido como cualidad distinta a lo simplemente compartido- , nuestro partido, el partido de las y los comunistas, debería plantearse el asumirse a si mismo como órgano de cultura evitando repetir aquellos planteamientos “bífidos” - fuerzas del trabajo/fuerzas de la cultura- que respondían a visiones del mundo que entendían la cultura como territorio autónomo o mercado de prestigios que las fuerzas de la emancipación deberían expropiar para su propio uso. Frente a la cultura como producto, la cultura como producción. Asumir el partido como productor de cultura supondría que esta no debería seguir considerándose, kantianamente, como un espacio aparte sino como praxis que ha de estar presente en cada momento, acto y espacio donde el partido se construya y exprese como comunista. Y eso requiere implementar en nuestras líneas de trabajo estrategias y tácticas culturales encaminadas a actuar sobre dos frentes absolutamente complementarios: producir, fomentar y promocionar cultura comunista en tanto producción de lo común, y combatir, sabotear y desacreditar “las culturas del yo” que el capitalismo ha logrado imponer como definición y límite de lo cultural.

Estamos hundidos en el no-yo y esa es la clave de nuestras lecturas actuales” J. C. R.

Somos conscientes de que las trabajadoras y trabajadores que nos dan sentido y nos construyen como partido comunista, se presentan hoy como clase sociológicamente fragmentada a consecuencia de los actuales sistemas de trabajo postfordistas. Pero a la vez que esta fragmentación en el espacio laboral es innegable, sucede también que desde el punto de vista cultural esa misma clase se ha uniformado fuertemente por causa de la hegemonía cultural que el capitalismo detenta de manera monopolista. En sociedades como la nuestra, conformadas en buena parte como sistemas de comunicación que determinan la auto y la heterodescripción – el cómo nos vemos y el cómo nos ven- las clases sometidas se han visto invadidas, alienadas e infeccionadas por la “gran fábrica cultural” que el capitalismo impulsó, con éxito, durante una larga guerra fría de cuya victoria, botín y trofeos, el capitalismo sigue disfrutando. Una cultura capitalista fundamentada en el “yo soy el propietario y hacedor de mi destino” y que, o bien revestida con los ropajes del viejo y nuevo humanismo que entiende la cultura, la Kultur, como esfera superior ajena a las vicisitudes del humano trajín económico, o bien asumiéndose como ilimitada construcción cínica: “yo soy un no-yo”, trata en cualquier caso de imponernos su última verdad: la fuerza de trabajo como capital individual y el ya todos somos, trabajadores y empresarios, poseedores de capital y por consiguiente el capitalismo es ahora mero diálogo democrático entre capitales dotados de los mismos derechos y deberes.

la tierra prometida del supuesto oro encerrado en el texto” J. C. R.

Las culturas del capitalismo nos han producido como culturalmente iguales: nos gustan las mismas exposiciones de arte, visitamos los mismos museos, escuchamos las mismas canciones, leemos los mismos libros, atendemos obsesionados a los grandes eventos deportivos, hablamos de los mismos espectáculos, vestimos modas semejantes, nos vacacionamos en los mismos caribes, disfrutamos o no podemos disfrutar de los mismos restaurantes, de las mismas universidades, vemos las mismas películas o series de televisión, leemos los mismos periódicos globales de la mañana o de la tarde, todos hablamos inglés o, si no lo hablamos, estamos obsoletos, todos y todas queremos los mismos etcéteras y etcéteras y, sobre todo, muy sobre todo, todos y todas deseamos los mismos deseos, imaginamos las mismas imaginaciones y somos poseídos por los mismos miedos. Habrá quien diga que la oferta es amplia y que hay quien acepta el gusto dominante y quien no lo acepta. Y sí: la oferta puede ser diversa pero el hipermercado es igual y único y tanto el gusto como el disgusto forman parte de la misma oferta que se pone a nuestro alcance. Porque en sociedades “para” el Mercado como son las que construye el actual capitalismo, la clave cultural no reside en el consumo sino en la producción y es el capitalismo el que monopoliza la producción de necesidades: qué querer, qué sentir o qué desear en modo impositivo pero también, y esto es clave para el capitalismo de hoy, en modo negativo: qué no querer, qué no sentir, qué no desear. El resto sería posesión y avaricia y la avaricia sería hoy la verdadera forma de la libertad capitalista.

Digamos la omisión del ¿quien paga? , del ¿quién pagó? J. C. R.

Como proceso de producción de necesidades la cultura necesita medios de producción: capital, mano de obra, fábrica, tecnología, burocracia, fuentes de información y alimentación, materia prima y derechos de propiedad. Medios de producción y además medios de circulación y valorización del producto: logística comercial, publicidad, marketing, promoción. Eso es la cultura y eso ha sido siempre en mayor o menos grado. Si hubiera que resumir hoy la estrategia y la táctica del capitalismo como productor de cultura no parece muy aventurado afirmar que su estrategia consiste en proporcionar al conjunto social la sensación de merecer tanto lo que se tiene como lo que no se tiene y su táctica en insistir en la fabricación material o inmaterial de todo aquello que confirme que ser es tener. Una cultura la del capitalismo que incluso ha legitimado como aceptable una frase que resume su filosofía: ganarse la vida.

Marx sí que tenía otra forma distinta de leer” las cosas: leer desde la explotación” J. C. R.

Y llegamos al ¿qué hacer? Y lo primero sería desintoxicarnos de esa tradición hegeliana que nos atraviesa y nos hace contemplar la Cultura como expresión y realización intemporal del “espíritu humano” y luego vacunarnos con las necesarias dosis del materialismo histórico marxista para asumir que si somos un partido comunista, que si tenemos como objetivo la revolución como medio de alcanzar una sociedad comunista, nuestra cultura es la revolución en tanto referente común por muy distintos que pudieran ser los caminos que lleven a ella. La revolución como cultura. Una cultura que no se compre, venda, subvencione ni consuma como superestructura legitimadora sino como arma y herramienta de transformación del sistema de producción capitalista y sus consiguientes relaciones sociales. La cultura como producción de lo común y la cultura como combate contra la cultura del narcisismo del yo propia del capitalismo. Combate y producción como aquellos aspectos que habremos de abordar en el próximo y ultimo artículo de esta serie si la vorágine electoral en marcha nos lo permite.



domingo, 10 de julio de 2016

Entrevista que algo queda: Elvira Concheiro a Sánchez-Vázquez ( y II)


Yo era un militante de fila, no podía tener acceso a cierta información, sabía lo que se publicaba y únicamente lo que se me decía. Un fenómeno exterior que pudo haber influido mucho en nuestra formación, como influyó de manera positiva después, los famosos procesos de Moscú, tuvieron lugar durante la guerra de España; nosotros no teníamos información ninguna, o sea, que no había elementos que pudieran influir en nuestro entusiasmo, en nuestra formación. En aquel momento, no tenía ninguna discrepancia con la línea política ni con la posición del partido. Fue posteriormente, cuando uno ha tenido ya información de ciertos hechos.
Pero para mí sigue quedando la conclusión de que la política –con las limitaciones y defectos que se pudieran señalar– del partido, en la guerra, fue la correcta, frente a las demás fuerzas políticas que no tenían una visión de lo que se tenía que hacer. Entonces, sigo pensando como pensaba entonces.

En esa militancia, ¿tuviste alguna formación marxista en las juventudes?

Como te darás cuenta, por lo que te dije de la Juventud Comunista en Málaga, había muy poco espacio para la formación teórica. Además, ahí lo que se valoraba era la práctica en el sentido más inmediato y más directo. Así que, mientras estuve en la Juventud Comunista, mi formación teórica fue muy débil, aparte de que no tenía entonces una formación, una preocupación teórica de carácter filosófico, mi vocación era literaria. De tal manera, mi marxismo era un marxismo muy simplista, el que podía leer en el manifiesto.
En la guerra, toda nuestra actividad era militar y no había tiempo para una formación de ese tipo; mi formación teórica fue en el exilio, cuando me planteé la necesidad de una formación de ese tipo.

¿Cómo fue tu salida de España?

Mi salida de España... estaba en esta unidad militar, en el V cuerpo del ejército. Las cosas se habían agravado mucho, obligándonos a la retirada y ya el último día, cuando estaba dándose la orden de retirada –he de decirte que el periódico nuestro, lo tengo por ahí, salió hasta el ultimo día, con el manifiesto de nuestros jefes militares, explicando por qué había que pasar la frontera, nuestro periódico salió en todo momento–, en ese momento, se me ordenó, por parte del estado mayor de Líster, que me dirigiera a la frontera que estaba aproximadamente a unos 30 o 40 km, con la orden de que localizara un camión nuestro, que estaba junto a la frontera esperando instrucciones, porque ese camión estaba lleno de documentos importantes nuestros. Se me dio la orden de que llegara al camión y lo dinamitara; de esta manera, los documentos desaparecerían.
Iba en un coche, con mi chofer, y esos 30 o 40 km nos fueron muy difíciles de pasar, porque parte de los puentes ya estaba prácticamente dinamitada, había que hacer unos grandes rodeos. Total, con grandes dificultades pude llegar a la frontera para cumplir esta orden, pero cuando llegué los mismos del camión habían huido. Entonces, ya no pude regresar al puesto de mando porque era muy difícil y las tropas de Franco estaban avanzando; pude pasar por otro punto de la frontera, con mi chofer y mi coche, pero sin contacto con mi unidad militar. Pasé la frontera y dije a mi chofer: “como yo hablo francés, voy a decir aquí al gendarme que soy periodista francés, para que nos deje pasar con el coche y, cuando pasemos el coche, lo malvendemos y nos encontramos con…”, pero el chofer me interrumpió: “no, no, ya aquí nadie manda nada”. Prácticamente se me rebeló y tuve que pasar a pie.
Afortunadamente, pasé la frontera, dejé mi pistola allí porque había que dejar las armas allí. Iba con Enrique Rebolledo, que sería después mi cuñado, y mi idea era ir a la ciudad de Perpinang, que estaba relativamente cerca, donde iban a estar nuestros jefes militares, para tener contacto con ellos, para ver qué hacíamos.
Caminé por la carretera aquella, llena de soldados, pero los gendarmes nos decían que nos dirigiéramos hacia tal punto donde estaba el campo de concentración de Angelé. Hice todo lo posible para no ir al campo. Me desvié varias veces de la carretera. Por la noche, volvíamos a la carretera y desandábamos lo que habíamos andado para no ir al campo. En fin, después de muchas peripecias pudimos llegar a Perpinang y pude hacer contacto con Líster y con Santiago Álvarez y pocos días después me encargaron que fuera a París a ponerme en contacto con los camaradas allá. Me dirigí en coche con Santiago a París. Antes de llegar, Santiago –que iba con pasaporte, con documentación, yo iba sin nada– me dijo: “mira, para no complicar, tenemos que separarnos; voy a seguir con el coche y tú a ver cómo le haces para entrar en París”. Y, bueno, entré a París... (Hay muchas anécdotas; podría contarte cuarenta…).
Llegué a París, llevaba la dirección de un camarada francés; me dijeron: “cuando llegues a París, ponte en contacto con él”. Pero llego a esa dirección y ese camarada allí no vivía. Me encuentro en París, sin dinero, sin pasaporte y sin saber a dónde acudir. Entonces, vi un periódico, el periódico del partido, y había allí una dirección de un comité de ayuda a los soldados españoles. “Ah, pues voy a ir allá”.
Les expliqué la situación y me buscaron para que fuera: “no, pues esta noche vas a dormir en la casa de un camarada francés y mañana ya veremos qué hacemos”.
Bueno, entonces fui a la casa de este camarada; me recibió muy bien y demás. A todo esto, para nosotros estaba prohibido estar allí. Solamente a los ministros y jefes militares que tienen un pasaporte habían autorizado a estar en París y nosotros no teníamos invitación; así que a todo español que se encontraba allí lo detenían, era muy complicado hospedarse en París. Este camarada me recibe muy bien. “Pues yo vengo con la instrucción de quedarme en tu casa” y me dice: “bueno, voy a ver, voy ahablar con mi mujer”. Sale y dice: “dice mi mujer que no, que es muy difícil, que es muy comprometido, en fin, que me pueden detener también”. “Entonces, ¿qué hago?”, “voy a llevarte a un hotel”, y resulta un hotel alejado de París, inmediatamente percibí que era un hotel de paso. Me recibió alguien que se ve que tenía contacto con el partido y me dijo: “sí, puedes quedarte, pero a las 6 de la mañana tienes que irte, porque poco después va a llegar la policía”.
Después de eso, estuve en París por un mes, con dificultades pues continuaba el riesgo de estar sin documentación, con unos francos, lo necesario para poder comer en el restaurante más modesto, no para desayunar ni para cenar, hasta que la unión de escritorios franceses nos envió a un grupo de escritores a un albergue, en los alrededores de París, justamente, donde ahora está el aeropuerto De Gaulle. Allí estaba ese pueblecito con el albergue preparado para ayudar a los intelectuales españoles. Allí, estuve aproximadamente un mes, con Juan Rejano; estuvimos muy bien, tranquilos, pero, claro, con la incertidumbre de “¿a dónde vamos?”
El partido había decidido que yo fuera a la URSS; uno no podía decidir a donde iba.
Me dijeron entonces: “hemos decidido que vayas a la URSS”, pero parecía mentira; el problema de las visas se alargaba y no había manera de llegar. Al mismo tiempo – estamos hablando de mayo de 1939–, el peligro de guerra se acercaba, la Segunda Guerra Mundial estallaría justamente en septiembre de ese año; los camaradas dijeron “no”.
Surgió entonces el extraordinario ofrecimiento de Cárdenas, de brindar asilo a los españoles, ilimitado. Los camaradas decidieron que me iba a México –así como pudieron decidir que fuera a Australia. “Te vas a ir a México”, ah, pues preferible, porque ir a la URSS con aquel clima, con otro idioma, en fin... Al poco tiempo de estar en este albergue, recibimos las instrucciones para ir al puerto de Set, en el Mediterráneo, para embarcar a México. Llegamos Rejano y yo a Set y todavía allí tuvimos problemas, porque no nos embarcamos inmediatamente y hubo que esperar unos días.
Paseando un día por la calle, matando el tiempo mientras nos embarcábamos, un gendarme se nos acerca y nos pide la documentación, entonces le digo: “mire, no tenemos papeles, pero nosotros vamos a embarcar dentro de unos días, creo que al gobierno francés le encantará que salgamos del país, en cambio si usted nos detiene, pues es una complicación más para el gobierno, déjenos tranquilos”. Dice: “no, no, órdenes son órdenes; si no tiene documentación, queda usted detenido”.
Menudo paquete, bueno pues ni modo y le digo: “pero déjeme usted pasar por el local de una oficina de auxilio a los republicanos españoles para que recoja ahí unos…” “si, cómo no, entre usted pero salga enseguida” y claro yo entré allí por una puerta y salí por otra y nunca más volví con el gendarme.
Rejano y yo nos quedamos en un hotelucho, pero sin poder salir, hasta que pudimos embarcar en el famoso Sinaya y embarcamos y era la felicidad. Nosotros éramos unos 2000 exiliados. Al frente del barco, venía con nosotros Susana Gamboa, la mujer de Fernando Gamboa, el famoso director de museo. Ella, de cierta manera, venía encargada por el gobierno mexicano.
En el barco, la pasamos relativamente bien, claro, después de pasar tanta cosa.
Teníamos conferencias sobre México, pues no teníamos la menor idea; bueno, yo tenía alguna. No teníamos idea de México, sobre la revolución mexicana, sobre la reforma agraria, sobre la educación, sobre Cárdenas.
En cierto modo, lo pasábamos relativamente bien, teniendo en cuenta lo que habíamos pasado. Como venía soltero, no tenía derecho a camarote. Los camarotes eran para los matrimonios y con hijos. Estaba en la bodega del barco, con Juan Rejano y con Pedro Garfias. Fue Garfias quien una mañana nos recitó, porque el prácticamente no escribía, el poema ese famoso “Entre España y México”. Fuimos Rejano y yo los primeros en conocerlo; entonces, la travesía resultó bien.
Teníamos cierta información de México, un tanto idealizada, claro, la revolución; para nosotros, la palabra revolución era una palabra sagrada, un país que había tenido una revolución, un país de revolucionarios y veníamos muy ilusionados y así llegamos a Veracruz.
Voy a decirle dos cosas, volviendo un poco antes, de cuáles eran mis ideas de México. En los a ños a que me refiero, los años de la república y de la guerra civil, o sea, los años treinta, no se sabía nada de México. (Bueno, si no se sabe nada hoy, si usted llega a España un mes y no se publica ninguna noticia de M éxico, excepto noticias desagradables, no hay ninguna información; en Europa, la información sobre América Latina es limitadísima; imagínese lo que sería en aquellos tiempos). Se hablaba de Pancho Villa, de que los curas eran perseguidos por la revolución, cosas de este tipo.
Tuve mi primera información de México con un mexicano. Un escritor mexicano, Andrés Idearte. Él estaba en España el año antes de la guerra, con una beca de la Universidad Obrera, que dirigía Vicente Lombardo Toledano. Estaba por un asunto familiar; había tenido un pleito de familia, en Tabasco. En defensa propia, había matado a un primo suyo y tuvo que irse a España y se fue con esta beca. Era un escritor joven, mayor que yo, pero joven todavía, con una formación intelectual y política y fue el primero que me habló de México, de la revolución, y me di yo una idea de quien era Cárdenas. Ya luego yo lo ayudé mucho porque fue a Málaga y en Málaga, en aquel caos, una persona que no tenía ningún documento de apoyo a la república podía tener dificultades y le di un carnet de la JSU, con una serie de avales y demás. En fin, volví a verlo en México muchos años después. A través de Iduarte tuve mi primer idea de lo que era México.
La segunda fue en Málaga, porque en Málaga se formó un batallón en aquellos primeros meses en los que no había ejército y todo eran batallones de voluntarios, espontáneos. Se formó para corresponder a la ayuda de México y a la ayuda de Cárdenas, de mil fusiles, que aunque simbólicos eran muy importantes. Se formó un batallón de la Juventud al que se llamó Batallón México y se me encargó a mí, que yo diera el discurso, en el acto de abanderamiento, antes de salir al frente el batallón.
Así que tuve que informarme sobre México. Fui con el Cónsul, quien me dejó algún libro. Me acuerdo de todo el nombre: Historia de México, de Antonio Teja Sabre y en él me documenté sobre la revolución y sobre el cardenismo y así ofrecí mi discurso sobre México. Esa era la idea que yo tenía de México.

05/05/2009