jueves, 4 de mayo de 2017

Karl Marx y la Nación Obrera


Karl Marx: el narrador de la Nación Obrera.


Escribir en mitad de la tormenta. Para salir de inwit. José L. Mellado

La Literatura, así con mayúsculas, es un invento del siglo XIX. Antes lo que había era Las Bellas Letras como parte de La Bellas Artes que es expresión que todavía perdura. Es entonces cuando se escriben las grandes y fundamentales historias de la Literatura, o mejor, de las Literaturas, porque se empieza a hablar de una Literatura Universal pero de lo que en verdad se trata es de crear, cada mochuelo en su olivo, las respectivas Literaturas Nacionales. Siguiendo el impulso cultural del romanticismo se trata de aunar tradición y modernidad, historia y Estado, la palabra y la identidad. En cada nación brota la necesidad imperiosa de establecer tradiciones que permitan, apoyándose en las manifestaciones de lengua común, legitimar su propia existencia como nación, la unidad de destino en lo universal que dijo aquel. Resucita el Cid en España, La Chansón de Roland en Francia, los Nibelungos en Alemania y hasta Robín Hood en Inglaterra. Se acuña el término de Literaturas Nacionales y a través del sistema educativo se convierte la literatura en una de las señas de identidad más relevantes a la hora de “hacer Nación”.

...se ve el mundo:/ un gallo sin cabeza/ que corre como loco por el patio. J. L. Mellado

A lo largo del siglo XIX la Nación, como concepto político se asentó como realidad social, económica, cultural y, no lo olvidemos, militar. Políticamente ese asentamiento se produce a través de su plasmación como Estado, ese conjunto de instituciones que gestiona, ordena y vigila “el trasiego” de relaciones individuales y colectivas que se dan en su geografía. En ese gran movimiento de las naciones hacia ser Estado no todas alcanzaron la meta deseada por muy distintas razones que bien se pueden resumir en una sola: no lograron reunir el poder suficiente para pasar del “ser” al “estar”, del deseo a la realidad. El “ser Nación” requiere la presencia de distintas y entrecruzadas características: desde contingencias geográficas o étnicas hasta una lengua común, pasando por la existencia de esa memoria y autoconciencia que otorga una historia colectiva dotada de diferencia específica. El “estar en Estado de Nación” requiere ante todo reconocimiento ajeno y propio, borrar fronteras o aduanas hacia dentro y establecer respeto hacia fuera. Esa necesidad de respeto se plasma en la reivindicación de la cultura en tanto expresión del “espíritu” nacional. La cultura como mecanismo para marcar territorio y la literatura como mediador semántico fundamental a la hora de legitimar, construir o rechazar identidades. La literatura como prueba de nobleza, de madurez, de exaltación, de insatisfacción. Narcisismo colectivo que la clase dominante, la burguesía dirigente que tiene en sus manos el proyecto de nación, venderá como algo ina-preciable y superior, al resto de la población.

Que estire hasta romperse, por si así cabe todo/ Que el chasquido nos salve. J. L. Mellado

Hace ciento cincuenta años que se publicó El Capital. Dentro de un año, en el 2018 será el bicentenario del nacimiento de su autor. El capital de Marx, nos recuerda con especial clarividencia Manuel Sacristán, sin duda el pensador español que más fructífera atención e inteligencia ha prestado a su obra, nace como una propuesta para fundamentar y formular racionalmente un proyecto de transformación de la sociedad. Es evidentemente un texto con una envergadura intelectual y política que desborda todas las posibles caracterizaciones que salen al uso. Es un tratado de economía, un libro de Historia, una disertación filosófica y hasta un compendio de antropología. Es todo eso y la suma global de todo eso que es mucho más que el resultado de la simple concatenación de los sumandos. “Su privilegiada mente y su dedicación tenaz a la causa del proletariado, escribe Manuel Martínez Llaneza le permitieron descubrir la naturaleza económica de la explotación capitalista –el mecanismo de extracción de plusvalía– que grandes pensadores anteriores no habían sido capaces de explicar. Sólo ese hallazgo –de carácter científico y no ideológico– bastaría para considerarlo una figura grande de la historia, si no tuviese sobrados méritos en otros campos de la acción y del pensamiento”.

Y que llegue mañana / y acordarse de todo. J. L. Mellado

El tiempo de Marx, la almendra central del siglo XIX, es también el tiempo del asentamiento de la literatura nacional al servicio de la Nación. La literatura como mecanismo de expresión y reconocimiento de una comunidad nacional que a su través se construye a si misma como lenguaje, como trama, como narración. Es el tiempo en el que la novela se constituye en género hegemónico y desde esa hegemonía cuenta y recuenta la historia e historias de una burguesía que se siente y ve como clase universal. Los grandes relatos burgueses del XIX tienen su lugar en las paradigmáticas obras de Balzac y Flaubert, Dickens y Wilkie Collins, Manzoni y Fóscolo, Galdos y Alarcón, Fontane y Keller. Grandes narrativas nacionales que actúan como sobrelecturas de la historia, a veces, pocas, contradiciéndola, casi siempre transfigurándola en aconteceres de la individualidad en el interior de la sociedad civil, naturalizando los imaginarios de la burguesía, sus valores, sus contradicciones, sus empeños, sus biografías. La burguesía como gran protagonista contando su propio historia. En pocas ocasiones, concediéndole un papel secundario y sentimental y más en clave de pobreza que de explotación, el proletariado hace acto de presencia: Hugo, Sué, Elisabeth Gaskell. Si atendemos a la historia de la literatura podemos afirmar que el proletariado no tiene quien le escriba. Pero si cuestionamos el concepto estrecho, reducido e interesado de qué sea la literatura y admitimos que literatura es la narración que una comunidad hace de si misma a través de todos los medios de expresión a su alcance, inesperadamente cabe comprender que El Capital es la gran narración de la Nación Obrera. Porque lo que Marx escribe es el relato donde el trabajo, en su lucha contra el capital, es el protagonista de la historia restituyéndole ese papel que la burguesía ha venido negándole. Desde este ángulo, que salta por encima de las consideraciones estéticas con las que la burguesía ha establecido las fronteras de lo literario, la narración que Marx lleva a cabo es la historia de esa nación, la Nación Obrera, que algún día, con el empuje de los comunistas y las comunistas será la nación universal.

Publicado en el Nº 305 de la edición impresa de Mundo Obrero abril 2017

domingo, 2 de abril de 2017

Febrero 1917. La revolución ha venido ¿y nadie sabe cómo ha sido?


Febrero 1917: ¿Una revolución espontánea?

Lo único que puede afirmarse es que se tirotean el pasado y el futuro” L. Trotsky


1.- La Historia como intención.

No nos engañemos, la historiografía dominante es profundamente anticomunista y esa actitud, latente o expresa, se evidencia en todo lo que mira, toca, interpreta y juzga. A veces de una manera burda y otras con modos más sutiles, menos evidentes y difíciles de detectar si no se presta atención a todo el escenario ideológico presente en un acontecimiento que, aunque concreto, la revolución rusa de febrero, no deja de estar estrechamente relacionado con el verdadero objetivo ideológico de esa historiografía anticomunista: el cuestionamiento de la revolución bolchevique que tendrá lugar meses más tarde.
A poco que cualquiera se asome a las muchas historias de la revolución que se encuentran en nuestro mercado editorial, podrá comprobar la rara unanimidad con que al referirse a los acontecimientos que tienen lugar en la Rusia zarista durante ese febrero de 1917, se habla de revolución espontánea y se recalca y subraya que en su brote, arranque y estallido, escasa o ninguna relevancia debe concederse a unos partidos políticos que, a lo más, se sumarían a aquella coyuntura histórica tratando de orientar las aguas revolucionarias hacia sus respectivos molinos políticos. Este “negacionismo”, esta celebración de la espontaneidad de las masas, tan impropio de ese pensamiento conservador para el que masa es casi sinónimo de irracionalidad animal, no deja de ser una clara consecuencia de la intención realmente buscada por la historiografía al uso: minimizar en lo posible el papel, no tanto de todos los partidos sino, en concreto, el de uno de ellos: el partido bolchevique.
Sin negar el carácter de revolución desde abajo que los sucesos de febrero evidencian, pero para dejar constancia al mismo tiempo del importante papel que los partidos revolucionarios desempeñaron en aquellos momentos, trataremos de describir de manera concisa la secuencia de los hechos. Como es obvio, todo acontecer histórico tiene antecedentes inmediatos y próximos y otros remotos y el momento elegido para dar comienzo al relato, aunque subjetivo, no por ello debe ser arbitrario pues, en toda narración, la selección del punto de partida deja transparentar la especial mirada ideológica desde la que la narración de la historia va a producirse. Al respecto parece conveniente hacer notar que, también con extraña coincidencia, la mayoría de los historiadores burguesas proponen el asesinato del monje Rasputín a finales de 1916 como antecedente u origen de aquella revolución. Elección que por su relevancia narrativa nos llevaría a conceder primacía en el desencadenamiento de la historia a la nobleza rusa en sus discrepancias con la corona zarista. Por nuestra parte mantendremos el criterio de que esa condición inaugural debe adjudicarse a otros acontecimientos por cuanto reúnen características de especial peso y relieve.

2.-Las fuerzas del futuro.
Hay constancia de que a partir de la primavera de 1916 se reinicia, a consecuencia del empeoramiento de sus condiciones de vida y del rechazo creciente a la guerra, una nueva oleada de huelgas y manifestaciones violentas por parte del proletariado de las ciudades con mayor peso industrial. En Octubre de ese mismo año en Petrogrado, y por iniciativa de los bolcheviques, se inicia en uno de los talleres de la gran fábrica Putilov una huelga que se extendió a la totalidad de las grandes fábricas de la ciudad dando lugar a desórdenes y manifestaciones reprimidas por las fuerzas de la policía local con la ayuda de las tropas de la guarnición que, en parte y en algunas ocasiones, he ahí lo inesperado, en lugar de reprimir confraternizaron con los huelguistas.
En Petrogrado, el partido bolchevique establece ya en 1915 un comité dirigido por Chiliápnokov, Zalutski y Molotov que se mantiene comunicación con los dirigentes que sufren exilio, destierro o cárcel y trabaja extendiendo sus consignas de paz inmediata tanto en los medios obreros como en los frentes o cuarteles.
Al comenzar el año el ejército se descomponía en los frentes de guerra, había más de un millón de deserciones, el hambre, la miseria y la subida de los precios alcanzaban inquietantes niveles y el frío se dejaba sentir con especial crudeza.
Con ocasión del aniversario del Domingo Sangriento de 9 de enero (22 de enero según nuestro computo1) de 1905, el comité bolchevique de Petrogrado prepara una gran manifestación obrera precedida de una huelga general que recibirá el apoyo de unos ciento cincuenta mil huelguistas aun cuando las manifestaciones callejeras apenas alcanzan importancia.
Días después, resurgen conflictos en la fábrica Putilov, donde trabajan más de 40.000 obreros, y el 22 de febrero la dirección de la fábrica decide el cierre patronal dando lugar a tumultos en los que participan obreros, mujeres y algunos estudiantes..
Para el 23 de febrero, las organizaciones socialistas habían convocado diversos actos y marchas para celebrar el “día de la mujer” y grupos numerosos de ellas a los que se suma toda una marea de obreros, recorren la ciudad enfrentándose a unas fuerzas de la policía que intentan que ocupen las calles y avenidas más céntricas.
En los días siguientes las huelgas se extienden y los manifestaciones van reconvirtiéndose en una multitud amenazante de trabajadores y trabajadoras que intensifican la intervención violenta de la policía. En la mañana del día 24 militantes de las distintas organizaciones obreras organizan los primeros soviets procediendo a la elección de delegados en las fábricas, mientras el comité bolchevique lanza una declaración indicando que “la consigna de un gobierno de salud nacional – iniciativa que apoyan los mencheviques y social revolucionarios además de los constitucionalistas liberales (kadetes)- es una maniobra conservadora y reclaman la transferencia de poderes a los obreros y campesinos
Las revueltas, huelgas y manifestaciones no dejan de crecer y aparecen las primeras banderas rojas autocracia. Los enfrentamientos entre la policía y los manifestantes se vuelven cada vez más violentos y, acosados, los trabajadores, crecidos en sus ánimos ante la no intervención de los cosacos, asaltan comisarías y se hacen con armas.
En la madrugada del 26, domingo, la policía había detenido a más de un centenar de dirigentes de las organizaciones obreras. Sin embargo los trabajadores vuelven a tomar las calles y cruzan el Neva helado bajo el fuego de las ametralladora. Mueren decenas de manifestantes. y los obreros, aunque logran que una parte de la guarnición del regimiento Pavlovskii reaccione en su defensa, se acaban retirando a los suburbios. Crece la ira y numerosos incendios se producen por toda la ciudad, entre ellos el del Palacio de Justicia
El 27 va a ser el día decisivo. Los obreros afluyen nuevamente a las fábricas y, en asambleas generales, deciden proseguir la lucha. Los soldados de tres o cuatro regimientos se sublevan y, en unión de grupos de obreros, asaltan y destruyen cuarteles de la policía, entran en los arsenales y se aprovisionan de armas y municiones. A mediodía toman las cárceles y liberan a los presos políticos. Cuando llega la noche la batalla parece estar decidida pues casi la totalidad de las tropas destacadas en la capital se habían pasado a la insurrección.
Aquella mañana la Duma desobedece el decreto de su disolución ordenado por el zar y la mayoría de sus miembros, kadetes, social-revolucionarios y mencheviques, optan, ante la presión de las masas triunfantes, por constituir un “Comité provisional de la Duma” que trata a su vez de presionar al zar y de restablecer el orden público, y la disciplina militar. Por la tarde tendrá lugar la primera reunión del “Soviet de obreros y soldados” que proclama el triunfo de la revolución y decide, entre otros acuerdos, que en todos sus actos políticos las tropas han de obedecer al soviet. Nace así una coexistencia de poderes más cerca de la hostilidad que de la colaboración - el Comité provisional de la Duma que dará lugar al Gobierno Provisional, Comité ejecutivo del soviet de Petrogrado-, que se mantendrá hasta la revolución de Octubre. En la noche del 1 al 2 de marzo, las dos instituciones, se reúnen para negociar, en condiciones de igualdad un acuerdo. Pero es evidente que en aquel momento la correlación de fuerzas es favorable al unos soviets que desde su constitución controlan la vida pública de la capital, gozan de autoridad antes las organizaciones obreras, sobre la administración y, lo más relevante, sobre las tropas.
3.- La fuerzas del pasado
Para completar el mapa dinámico de los acontecimientos de febrero es imprescindible tratar también de resumir los acontecimientos que protagonizan – y aquí lo de agonizar cuadra mejor que nunca- los dirigentes políticos y militares sobre los que ha venido sosteniéndose el régimen autocrático con la figura del Zar Nicolás II a la cabeza.
Cierto que la persona del monarca cuando llega 1917 está siendo cuestionada por parte de la aristocracia, la nobleza, la alta burocracia y la alta burguesía industrial que ven como la debilidad del régimen, la desastrosa conducción de la guerra y la impopularidad de la familia real están creando un ambiente de malestar que pone en peligro sus estatus y privilegios. Sin embargo estas discrepancias no llegan a cuajar y la única señal de su existencia acaso se encuentre en el asesinato, a manos de representantes de la aristocracia palaciega, de la figura de Rasputín, extraño y extravagante personaje que goza de los favores de los Romanov. Pero más allá de este episodio nada podría alegarse sobre un posible papel activo o cómplice de la burguesía en el desencadenamiento de los acontecimientos de revuelta, huelga y revolución.
A las primeras noticias de las protestas y manifestaciones que se suceden en la capital se les otorga escasa relevancia, y, solo cuando las revueltas toman proporciones significativas y se conocen los primeros amotinamientos de soldados y cosacos, el zar y su entorno tratarán de restablecer, sin éxito, el orden enviando tropas del frente para reprimir la rebelión de obreros y soldados. Ante las reticencias de la Duma, el amotinamiento casi general de los soldados y el triunfo de las revueltas de los obreros del día 27, se decide el envío de tropas de élite y fieles que sin embargo no llegan nunca a intervenir ante el miedo a que se pongan a favor de los insurrectos. El 1 de marzo asumiendo que las tropas amotinadas no obedecen las ordenes de la oficialidad el Zar accede a que la Duma forme gobierno y sopesa su posible abdicación. Finalmente y después de comprobar que sus jefes militares le han retirado su apoyo, decide abdica en la persona de su hermano Miguel quien, luego de entrevistarse con los representantes de la Duma, va a rechazar su subida al trono salvo en el caso de que la futura Asamblea Constituyente se lo pidiera. El día cuatro de marzo entre el alborozo de la población se hizo público el final de la dinastía de los Romanov. La revolución de febrero ha terminado. Empieza una nueva etapa.
4.- Una espontaneidad largamente preparada.
La historia de la revolución de febrero parece tener como escenario casi único Petrogrado. En Moscú las noticias de lo que pasaba en la capital provocaron las primeras huelgas y manifestaciones y la toma, sin apenas resistencia, de la Duma municipal. En muchas ciudades de provincias los movimientos de obreros y la creación de soviets no empezaron hasta que la revolución triunfa. En ningún sitio salvo en la capital hubo acción alguna en defensa del viejo régimen. En la capital se contaron mil cuatrocientos cuarenta y tres muertos y heridos, de los cuales ochocientos sesenta y nueve pertenecían al ejército. Sesenta eran oficiales. La prensa burguesa habló de revolución incruenta minusvalorando la acción violenta de obreros y soldados, de modo semejante a como la historiografía burguesa española a analizaría la llamada Transición democrática sin apenas hacer referencia a las luchas obreras y ciudadanas que tuvieron lugar lugar en los meses inmediatamente anteriores y posteriores a la muerte de Franco.
Es evidente, el relato ofrecido lo constata que la revolución de febrero fue obra de los obreros y campesinos, representados éstos por los soldados. Ahora bien, reconociendo ese claro protagonismo de “los de abajo” queda abierta la pregunta o preguntas sobre su espontaneidad: ¿La revolución surgió de manera inesperada o desde el principio fue impulsada, dirigida o coordinada desde alguna instancia política o social? ¿Fue o no fue una revolución espontánea? Para poder responder me parece inevitable tener que recurrir a aquello del “ni sí ni no sino todos lo contrario”.
Por espontáneo el diccionario de la Rae ofrece varias acepciones de las que dos tiene relación con la cuestión planteada: “Que se produce aparentemente sin causa” y “Que se produce sin cultivo o cuidados del hombre”. El dilema, aparte de presentarse como causa de disparidad en las interpretaciones que la historiografía recoge, tiene, y sobre todo tuvo en su momento, una importancia política inmediata pues la sutoria concede autoridad y legitimidad, algo fundamental a la hora de que “el doble poder”, -Gobierno Provisional, Comité del Soviet de obreros y soldados”- establezca sus relaciones y dependencias. La “teoría de la espontaneidad” obviamente restaba autoridad al soviet y además permitía hacer una lectura “natural” de la caída del Zar sin tener que adjudicar responsabilidades a las distintas capas sociales, -nobleza, burguesía, burocracia, ejército, iglesia- que hasta ese mismo momento habían venido sosteniendo la autocracia. Pero volvamos al sí ni no sino todo lo contrario.
Ni sí: si entendemos que una revolución da comienzo cuando el monopolio del poder se ve cuestionado por un acto de subversión y si aceptamos que una de las formas más frecuentes de realizarse ese acto de subversión es la disputa por el espacio público, la ocupación de las calles, las plazas, los edificios públicos, - recordemos aquel “la calle es mía” de Fraga Iribarne- parece claro que aunque las manifestaciones de “día de la mujer” hubieran sido preparadas por las organizaciones obreras ninguna de ellas habría planificado que esas manifestaciones, al encontrarse y mezclarse con las masas de obreros, fueran la chispa que disparase el conflicto. Dado que ese encuentro de obreros y mujeres reclamando pan para sus hijos y el fin de la guerra no parece responder a una voluntad previa podría resultar aceptable hablar de espontaneidad al menos hasta que las organizaciones obreras del barrio de Viborg toman la decisión de formar los primeros soviets.
Ni no: porque más que de espontaneidad habría que hablar de emergencia, de salida a la superficie de un sentimiento de opresión y rencor que responde a la conciencia de clase que a lo largo de todo el movimiento de emancipación obrera, distintos partidos y organizaciones han venido cultivando entre los trabajadores y trabajadoras, fomentando tanto la no aceptación pasiva de su situación así como la necesidad de organizarse a fin de dar expresión resuelta a su deber y derecho a enfrentarse violentamente con la clase explotadora. No olvidemos que “el día de la mujer” con que se inicia la ocupación de las calles, es planteado como un día de reivindicación y protesta que desafía ese dominio de la calle que caracteriza física, mental y jurídicamente al poder. La calle como ese lugar donde “el poder soberano” se manifiesta” y por lo tanto como ese espacio en donde ese poder puede ser cuestionado y confrontado.
Sino todo lo contrario: "La masa se puso en movimiento sola, obedeciendo a impulso interior inconsciente", escribiría Stankievich meses después dándole un carácter casi místico a la acción de aquellas masas de manifestantes. Lo que este autor no se pregunta es de dónde viene ese impulso interior o, por mejor decir: quién o quiénes llenaron ese interior de razones, voluntad y fuerza capaces de transformarse en impulso, en coraje, en voluntad de intervenir, de irrumpir para interrumpir la opresión. Si se hubiera hecho esa pregunta quizá entendería que esa espontaneidad, ese impulso, ese decir basta y hasta aquí hemos llegado, es el resultado de unas condiciones objetivas: salarios de miseria, inflación brutal de los precios, el creciente sentimiento de derrota y fatalismo en la guerra, la falta de alimentos, el frío que no se puede combatir, pero también de unas condiciones subjetivas que se han construido con la ayudas de las organizaciones y partidos revolucionarios que a lo largo de la historia han logrado introducir esa conciencia, en las fábricas, en los barrios, en los cuarteles, en los frentes de guerra, en parte de la intelligetsia, en todos aquellos sectores de la sociedad que viven el capitalismo como injusticia y sinrazón
Y en ese papel el trabajo del partido bolchevique fue fundamental. El partido bolchevique aún cuando el estallido revolucionario coge a las mayoría de sus dirigentes en el exilio o la cárcel, ha venido creando entre los trabajadores y soldados la conciencia de que son ellos los que poseen el derecho a construir su propio destino recuperando el control de sus vidas. El partido bolchevique que comparte con el mundo del trabajo su lectura marxista del mundo. Una lectura que tiene en la historia de La Comuna de París un capítulo insoslayable y constituyente. Una lectura revolucionaria de las insurrecciones fracasadas de 1905. Un partido que impulsa de manera permanente la acción de clase para dar lugar al surgimiento de esa “espontaneidad” que solo puede entenderse si se acepta que para legar a ella, a “la espontaneidad de las masas” es necesario contar con fuerte organización, dura militancia y constante voluntad revolucionaria.
Solo desde esa voluntad colectiva en marcha se entiende el estallido de la revolución de febrero. Una revolución que da lugar a ese doble poder que a la vez expresa la convivencia de dos revoluciones: una burguesa de corte democrático y otra proletaria que por diferentes motivos se ve frenada. En cualquier caso valga decir que en febrero el futuro gana su primera batalla y queda a la espera de dar su paso definitivo. Tendrá que esperar a Octubre. Pero quienes no esperan son los bolcheviques. Lenin anuncia su llegada. La revolución volverá a llamar a las puertas de la Historia.

1La disparidad entre el calendarios juliano por el que se regía Rusia el el calendario gregoriano que era y es el aceptado por la mayoría de los países occidentales daba lugar a un diferencia de fechas de 13 días de adelanto entre el primero y el segundo. En este comentario utilizaremos las propias de la Rusia de aquel tiempo señalando en alguna ocasión la correspondiente al calendario actual.

miércoles, 15 de marzo de 2017

De qué hablamos cuando hablamos de Juan Carlos Rodríguez




       De qué hablamos cuando hablamos de Juan Carlos Rodríguez


Resulta objetivamente difícil responder a esta pregunta porque su obra, aunque dotada de columna vertebral- el marxismo-, se repartió por cuerpos doctrinales muy diferentes: la literatura, la historia, la política o la filosofía por ejemplo, y en escalas y variaciones muy diversas: el libro, el artículo, las cartas, el folleto. Ahora, después del maremoto de la postmodernidad, impartir saber no goza de buena salud académica o mediática y el sujeto solo se hace responsable- responde- de sus “no-yos” en tanto identidad disponible para el consumo de lo propio y de lo ajeno. La confusión es un arma de destrucción masiva desde el punto de vista del intelecto y el enemigo ha logrado imponer la confusión entre la doctrina y y el doctrinario. El enemigo, ese es en verdad el permanente objeto de estudio y reflexión en la obra, amplia, afilada y germinal de Juan Carlos Rodriguez. El enemigo de clase y sus disfraces e invisibilidades en todos aquellos campos en el que la cultura, de clase, se presenta como universal y perpetua. Esa investigación contínua sobre la infiltración del enemigo de clase en los campos del saber fue su tarea a lo largo de años, libros y programas de enseñanza y con esa tarea abrió los ojos, las miradas y las palabras a muchos de quienes durante los largos años de la Transición asistíamos, en estado de desencanto y desánimo, al éxito de los cinismos políticos de los nuevos demócratas y al auge de las insensibilidades estéticas socialdemócratas instaladas en los centros de formación y circulación – universidades, medios de comunicación- de la semántica y la imaginación colectiva.
Juan Carlos Rodríguez como un referente para la preocupación, como un aguafiestas para los verborreos del grupo PRISA y semejantes, como un trago de agua fresca durante esa travesía del desierto que llamamos Transición en la que muchos, a la sombra del poder, disfrutaron de nevera, bebidas refrescantes y aire acondicionado. Una Transición que nos hizo y nos deshizo, y sobre la que el maestro que habitaba bajo las barricadas de su propio sombrero reflexionó con agudeza y acierto.
En el capítulo dedicado a Pensar la explotación de su libro De qué hablamos cuando hablamos de marxismo, J. C. Rodríguez nos hizo observar, por ejemplo, como, asumidas sin crítica, “palabras mágicas” como Libertad y Democracia, iban a actuar a lo largo del proceso y, en tanto categorías transversales y abstractas, a modo de agujeros negros que acabarían abduciendo a las fuerzas de transformación radical (económica, social) que las luchas antifranquistas habían venido generando: “ De modo que en aquellos tres años decisivos (de 1976 a 1979) se desbordó el “politicismo extremo” que se había iniciado en el 68 francés y que no dejó de acrecentarse hasta su desaparición (como por embrujo) a partir de los ochenta”. Una reflexión sobre la que los comunistas y los comunistas estamos también obligados a reflexionar especialmente en estos días en que la Democracia Parlamentaria, que es el concepto de democracia dominante, ha vuelto a dar el gobierno, vía Rajoy, a los enemigos de la democracia social y económica. Juan Carlos Rodríguez: un aviso para caminantes.
Publicado en Mundo Obrero febrero 2017
 

sábado, 11 de febrero de 2017

Repeteción por higiene: Cloacas y premios literarios


Cloacas y Premios Literarios.



Creo que fue Paul Feyerabend quien en Matando el tiempo nos hizo ver que al fin y al cabo el conflicto principal que se narra en La Ilíada tiene su fundamento y origen en el premio, Briseida, mal concedido a Agamenón y que Aquiles entiende como un honor injustamente otorgado. Acaso sea ese en la historia de la Literatura el primer premio manipulado, torticero y dispensado con prevaricación, alevosía y contubernio. (Contubernio: Acuerdo entre varias personas para hacer algo ilícito o perjudicial para otro. Confabulación, connivencia, cohabitación de intereses ilícitos e ilegítimos, conspiración).
La verdad es que escribir sobre los premios literarios en España a estas alturas de la película tiene algo de repetición aburrida e insoportable. El tema está bastante manido y aparece y reaparece con la misma rutina periodística con que Rosa Montero (Premio Primavera 1997) escribe sobre la ceremonia del Toro de la Vega. Corre el escriba que en tal materia gasta tinta el alto riesgo de convertirse en molesto aguafiestas y son los premios tema donde todo o casi todo, en general, se sabe y al tiempo todo o casi todo, en lo concreto, se calla acaso porque de que la falta de probandos obliga a la prudencia por mor de las querellas,. Con todo, y estando en tiempos en que las corrupciones varias que nos habitan provocan últimamente ecos, rechazos y diligencias, trataremos de apretar el tema con algunos apuntes y conversaciones, por supuesto, anónimas.

Los premios.

Hablamos de lo ya sabido: que es fenómeno radicalmente español e hispano por aquello de los malos ejemplos, que en nuestros territorios literarios han venido proliferando, al menos desde la postguerra civil española, la convocatoria por parte de distintas y muy variadas editoriales - solas o en compañía de instituciones públicas- de premios literarios a originales inéditos (de novela, poesía o ensayo) que conllevan su publicación por parte de la editorial convocante y una remuneración adjunta, ya como gracia ya como adelantos de supuestos o presupuestados derechos de autor. Como causas de la aparición y epidemia de este advenimiento se suelen facilitar dos justificandos: la necesidad de incrementar el número de lectores en tiempos de escasez de tales y la conveniencia de ayudar y apoyar la aparición de nuevas autorías en circunstancias de dificultad económica o riesgo empresarial para la edición de primeras obras y voces.
Sospecho que no merece mucho la pena ahondar en el trasfondo real de tan buenas intenciones, pero creo que precisan atención dos deducciones que de estos argumentos se desprenden: que la existencia de premios literarios pone en evidencia la pobreza cultural y escasa tradición lectora de la comunidad que los soporta, y que su pretensión de impulso emprendedor avisa sobre el encogido ánimo y avaro carácter de su tejido editorial. En ese sentido no cabe sino afirmar que a mayor número de premios literarios (uno 6.000 en España) mayor apocamiento y quebranto en la salud cultural de su campo literario.
El editor.

- Como editor, que explicación das a que esto de los premios literarios con que las editoriales ejercen el “yo me lo guiso, yo me lo como y a ti si eres bueno te invito” sea algo que casi en exclusiva se produce en España.
-Bueno, ya empiezan a imitarnos en algunos países. Habría que tener en cuenta las circunstancias morales, culturales y políticas que existían en este país en los años cuarenta y cincuenta en los que el fenómeno emerge: sociedad sojuzgada y por consiguiente muy escasa o nula ética ciudadana, nula tensión social y nula demanda cultural. Tiempos de autarquía y reducido mercado comercial. Los marxistas deberíais entenderlo: la debilidad de la infraestructura económica impulsaba, “en última instancia”, a la picaresca empresarial. Lara padre lo tenía muy claro: “En España se lee poco y la publicidad está muy cara. Para eso se inventaron los premios literarios”
- Dirías entonces que son un invento del franquismo.
-Pues en parte sí. Como ya alguien señalaba, el premio Nadal de la editorial Destinoel nombre tiene lo suyo- y el Planeta surgen en una época cercana a la exaltación católica del Congreso Eucarístico, cuando apenas se había suprimido el racionamiento y cuando todavía la sociedad española esperaba a Mr. Marshall. Pero franquista o no, lo cierto es que su realidad abarca el antes, el mientras y el después de la llamada transición democrática. Por otra parte siempre se habla mucho del Planeta cuando se habla de esto, pero hay otros premios de editoriales más progres e “independientes” que hacen otro tanto y de esos premios y premiados poco se habla. No sé a qué viene tanto escándalo. Creo que no es para tanto. Es su premio y su dinero, y se lo dan a quien les parece oportuno. No son una ONG.
- Estás de acuerdo entonces en que es el editor y no un jurado quien los da.
- Un jurado no deja de ser una extensión o representación de los intereses del editor y dar no es la palabra justa. Una editorial, se quiera o no se quiera, es un negocio y los premios se negocian. La cosa no es tan simple.
- ¿Se negocian para proponer, firmar y garantizar la concesión del premio?
- No siempre se garantizan; depende del tipo de premio y del tipo de editorial. El acuerdo con los autores está en función de eso que llamáis correlación de fuerzas: si esa firma garantiza una gran tirada se le garantiza el premio; si su caché responde a expectativas de venta solo medio altas se le ofrece el premio pero solo se le garantiza quedar finalista. Depende también de cómo sepa negociar su agente literario o él ella en los pocos casos en que hay negociación personal. Lo que se busca es la conjunción de una firma adecuada con una obra conveniente.
- Y cómo y cuáles serían hoy esas firmas y obras adecuadas y convenientes?
- Para los muy comerciales el perfil de candidatura más presumible sería el de autora de edad media con bastante obra publicada, con probada buena recepción comercial y con buena sintonía mediática; de pensamiento situado en el centro o centro -izquierda. La novela apropiada podría versar sobre la temática, muy explotada pero todavía eficaz, de una crisis sentimental, con leves toques de crítica social, abundancia de crudeza erótica y final feliz en plan de que la protagonista acabe aceptándose. Para los premios más “serios” o literarios también conviene en estos momentos, creo, perfil de autoría femenina, cercana en este caso a la “indignación de izquierdas” en abstracto, con gotas de feminismo, aires de existencialismo radical, desparpajo en el estilo y con las correspondientes e inevitables dosis de erotismo sin complejos.
- Suena un poco cínico y machista.
- Mira, la indignación se ha vuelto mediática y todas las estadísticas señalan que el porcentaje de mujeres lectoras es muy superior al de los hombres. Esa es la realidad y si la quieres la tomas y si no la dejas. Hace meses se presumió que sería un buen momento para el éxito de un nuevo perfil en plan autor o autora joven con aire de indignación radical y algunas editoriales hasta hicieron movimientos en esa dirección, pero lo nuevo es arriesgado y además hay ahora mismo la impresión de que lo indignado se está desvaneciendo. Y de machista nada, si analizas los premios de los últimos años verás que “la cuota” de mujeres es mucho más elevada que la de los premios nacionales o los de la crítica.

Los premiados o premiadas.

Hay quien señala que la historia de los premios literarios tiene su punto de inflexión en el año 1980 cuando el escritor Juan Benet, representante de la más alta literatura, aparece como finalista del Premio Planeta que había venido siendo hasta entonces el anatemizado paradigma de los premios y sus oscuras, digamos, circunstancias. Cierto que ya en años anteriores había recaído en autores tan ilustres y respetados como Juan Marsé, Jorge Semprúm o Manuel Vázquez Montalbán, pero como escribió Ángel Sánchez Harguindey la presencia de Benet “Puede ser definida como la transgresión radical de una norma no escrita: presentarse a un premio no es indigno”. Sin embargo, y por mucho que aquel gesto benetiano legitimase la entrada en el juego de los premios, los premiados jamás llegan a reconocer que juegan con cartas marcadas y todos, con mayor o menor ingenio o cinismo, niegan lo evidente y encuentran oportunas justificaciones. Desde un marxista como Montalbán que acepta que el dinero es libertad y tiempo, hasta un Benet que achaca su presentación a un reto personal, pasando por el patrón Lara que se hace el ingenioso frente a las dudas de un periodista: ¿Creo que usted todavía cree que los niños vienen de París?, o un Fernando Savater que imitando la gracia de su mecenas declara que "Sospechar del Planeta es como sospechar de los Reyes Magos. Es un juego y hay que tomarlo como es. A estas alturas se sabe más o menos cómo funciona. Como no es obligatorio jugar a este juego, es absurdo poner cara de virgen ofendida. Además, hay un jurado".
Da la impresión de que el monto económico del premio determina el nivel de cinismo y mala conciencia porque si estos millonarios planetarios - “Me toco la lotería” dijo Fernando Quiñones- parecen sentirse obligados a negar su connivencia, los premiados en concursos de menor cuantía pero mayor “marchamo” de calidad literaria ni se interpelan ni son interpelados sobre su participación en el tinglado. Nadie reconoce, aclara o proclama las interioridades turbias que le han llevado hasta el retribuido galardón. Cada uno de los premios – Nadal, Planeta, Anagrama, Primavera, Fernando Lara, Azorín, Torrevieja, Gijón, Jaén, etc..- parece conllevar su correspondiente declaración de inocencia pudiéndose llegar al caso de que aquel autor o autora que, hace tan solo unos meses, antes del fallo, emocionado o emocionada, te contó que su agente le había negociado tal premio, llegado el momento posterior a la entrega niegue todo contubernio: “No, no, no estaba pactado para nada. Me dijeron que me presentara pero no me garantizaron nada”
Es sorprendente que autores y autoras que desde sus tribunas públicas denuncian y se escandalizan de las corrupciones de políticos de tal o cual partido, no se sientan aludidos o tocados por esa corrupción que solo ven en el ojo ajeno. La corrupción que el amaño de los premios representa se vive con tal naturalidad en los medios literarios que referirse a ellos es ganarse inmediatamente la vil condición de envidioso, resentido o frustrado. Quizá de ahí el mafioso silencio que acompaña a tan general práctica.

La autora o autor.

-¿Es el dinero lo que “obliga” a una persona como tú a aceptar sin reparos ese entrar en el juego de los premios?
-No es solo el dinero o al menos no es solo el dinero lo que los premios proporcionan sino algo de un calado diferente. No crea ningún reparo moral o político y si lo hiciera esa reserva, que al menos en mi caso no se ha dado, sería como la prima de emisión o impuesto que tiene que pagar todo aquel que recibe un beneficio. Nada sale gratis. Sin desdeñarlo, repito que no es solo cuestión de dineros. Un premio es también una venganza contra mundo y al tiempo una especie de extraño prodigio. Supone una especie de milagro existencial: el día antes tus amigas y amigos, comprensivos y “generosos”, sonríen y te compadecen porque escribes con discreto renombre aunque ya hayas publicado dos o tres novelas que incluso han tenido buenas críticas. Al día siguiente de ganar el premio y salir en la tele, tus suegros están encantados, el carnicero te reconoce y aquellos amigos ayer tan condescendientes hoy te buscan y admiran. Todos te conocen. De pronto “te ven” y sienten respetuosa distancia, incluso los que hablan mal de los premios. Eres un Otro. Un o una Otro, y mejor.
- O sea ¿que los premios son como los sacramentos católicos e imprimen carácter?
- Pues algo así aunque te rías. Es que un premio lo que produce es “ampliación”, entendido como un concepto distinto a la mera extensión. Ampliación que incorpora un cambio del ser y no solo de estar, no solo estás en más sitios o eres en más sitios si no que tu ser, tu sentimiento de ser, se transfigura, se trasmuta, se amplía. Como cuando se habla de ampliación del capital: aumento del valor nominal de las acciones, del nombre. Más allá de un aumento de tamaño o duración es un cambio de condición, hacia dentro y hacia fuera: sabes que muchos te van a criticar pero sabes que esa crítica siempre será entendida como envidia o rencor o frustración. Criticar públicamente al ganador no es nunca una buena inversión. Además de todo esto hay algo inevitable: en la trayectoria de toda autoría hay un momento en que si no pasas por los premios no creces, te anquilosas, dejas de sentirte escritora o escritor.
-¿Cuantos lectores son necesarios para sentirte escritor?
- Supongo que para un poeta llegaría con trescientos, para un ensayista con mil, pero para un novelista las inmensas minorías no son suficientes. La novela necesita mayorías, es un género que “pide” público, espacio cuantitativo. Y en España necesitas los premios para llegar a esas mayorías y a esos espacios.
- ¿Aunque sea a costa de corromperse?
- No se trata de eso, al menos en mi caso. Aceptaría incluso la palabra sumisión aunque adecuarse a lo que hay me parece lo que más se ajusta a lo que sucede. No hay corrupción porque no hay engaño: aquí todo el mundo sabe a lo que juega.
-¿Incluso los tantos y tantas que envían con ilusión sus manuscritos?
- No creo que se engañen; serían muy tontos si no supieran lo que pasa. Lo suyo es tirar una botella al mar esperando que alguien en la editorial la recoja. Alguna vez seguro que ha pasado y con una vez que pase es suficiente.
-¿Para lavarse la mala conciencia?
- Quien la tenga; tener mala conciencia es un lujo que yo por ejemplo no puedo permitirme. Además hay una selección previa y un jurado que hace su trabajo.

Los jurados.
En la película documental que Augusto M. Torres realizó sobre la figura del escritor Juan Marsé este recuerda que cuando en los años 2004 y 2005 fue jurado del premio del premio Planeta – que años antes se la había concedido a él- había cosas que no le gustaron y pidió cambios que al no producirse le llevaron a dimitir. A su juicio, los miembros del jurado eran "floreros" o actuaban como "funcionarios" del grupo Planeta ante unos manuscritos de "muy bajo nivel". Salvo este episodio de la renuncia por parte del autor de La muchacha de las bragas de oro bien podría escribirse una buena historia de misterio sobre el por qué callan como muertos los jurados de los premios literarios. Callan pero no sabemos si al callar otorgan. Lo cierto es que los otros personajes mudos de la película, los premiados, se salvaguardan las espaldas y penitencias cobijándose en los siempre respetables miembros del jurado que la editorial de turno elige y paga. Su composición, de entre cinco y seis “figurantes”, tiende a permanecer constante y agrupa usualmente dos o tres autores “ de la casa”, algún otro autor o autora de renombre medio y uno o dos representantes más o menos directos de la empresa editorial. Esta componenda de participantes permite incluso que uno, o dos o tres de los miembros del jurado “no se enteren” o no se den por enterados de lo que sucede. Llega con que haya una mayoría relativa que refleje bien “la filosofía editorial” que el premio encarna. Podría incluso suceder que todos los miembros del jurado jugaran a la inocencia porque lo usual es que el aparato editorial seleccione una decena de finalistas y ese seleccionar interno permitiría cualquier componenda al respecto por aquello de que quien parte y reparte se lleva la mejor parte. Llevar a cabo la elección previa suele recaer en algunos colaboradores externos que realizan la criba siguiendo las indicaciones oportunas para que no se produzcan problemas semejantes al que tuvo lugar en 2012 cuando, con ocasión del fallo de Premio de Poesía “Ciudad de Burgos”, dos preseleccionadores denunciaron la actitud que la editorial convocante y “algunos acreditados miembros del jurado, que presumen de ética, han puesto en práctica para premiar un trabajo que, dada su escasa calidad, no había sido seleccionado previamente y que no dudaron en incluir entre las obras finalistas para, sin recato ni pudor alguno, otorgarle el reconocido premio poético».

Las cloacas.

Todo se sobreentiende pero nadie osa llamar al pan Antonio o Alberto (por ejemplo) y al vino Clara o Guadalupe (por ejemplo). Todos saben que allí pasa lo que pasa y se cuece lo que se cuece pero esa confabulación ilícita entre empresarios del libro y las autorías de novelas, ensayos o poemas apenas crea escándalo. A los corruptores se les trata de mecenas, a los corrompidos de honrados talentos, a los mamporreros de jueces justos, a los concursantes de esperanzados y al público de compradores o lectores, a los que tanto debo y tanto quiero, de agradecidos por tanta letra e historia entretenida. Es raro que alguien proteste y más raro es que la queja pase de la palabra y el fraude llegue a juzgado alguno. El escritor Ricardo Piglia, el editor Guillermo Schavelzon y la editorial Planeta fueron condenados ayer a pagar $10 mil a Gustavo Nielsen, un escritor que según los jueces de un tribunal argentino se vio perjudicado por la manipulación del concurso literario Premio Planeta de Novela 1997 en el que resultó premiada la obra Plata quemada. Tan infrecuente hecho y sentencia recoge además que “existen demostradas muchas circunstancias que revelan la predisposición o predeterminación del premio en favor de la obra de Ricardo Piglia" y destacan la "menguada participación del jurado", compuesto por Mario Benedetti, María Esther de Miguel, Tomás Eloy Martínez, Augusto Roa Bastos y el editor Guillermo Schavelzon.
La Omertá entre corruptores y corrompidos parece absoluta y apenas hay noticias de que alguien la rompa si bien con ocasión del juicio por plagio contra Camilo José Cela presentada por Carmen Formoso, en una carta a los abogados de la demandante, Miguel Delibes, que ha mantenido en varias ocasiones que Planeta le ofreció el premio no una vez sino "con periódica reiteración, duda de que Cela haya plagiado la novela La cruz de San Andrés con la que gana el Planeta de 1994, pero asegura que puede aportar datos sobre las fechas, los testigos y las palabras exactas de José Manuel Lara, consejero delegado de Planeta, cuando le ofreció el premio a él. Por su parte Juan Benet , el legitimador del literario contubernio, muchos años después de su participación en el artificio contará (Cartografía personal, Cuatro Ediciones, 1997.) la oferta insistente de Borrás, la satisfacción de Lara padre por verlo de concursante sin seudónimo, la firma del contrato por dos millones antes del fallo e incluso la entrega fuera de plazo del manuscrito.
La familia real, Urdangarín mediante, y las autoridades competentes – soberanistas centrífugos o o
federalistas centrípetos- homologan con su presencia la farfolla de los actos de entrega. El periodismo cultural (¿pero es posible tal oxímoron?) vende las sospechas para luego bendecir las panoplias con gusto y vocación concelebrante. Los jefes de redacción disponen alfombras rojas para entrevistas y despieces. Los premiadas y premiados son bienvenidos a todo festejo literario y sus bolos sufren un incremento exponencial en número y emolumentos. Probada su buena disposición pasaran a formar parte de jurados y novelerías. La fama les facilitará ocupar tribunas desde las que desgarrarse la ropas y condenar la corrupción nuestra de cada día.
El regador regado. Que dios nos tenga en su gloria. Y sí, hay también, afortunadamente, premios literarios transparentes y jurados honestos que no miran hacia otra parte, pero no vendría mal que todos o algunos de ellos se harten de que se tome la parte (podrida) por el todo y reclamen la oportuna investigación e intervención del Tribunal de la Competencia, o que, hartos de tales prácticas, las denuncien acogiéndose si hace falta al Reglamento de Actividades Molestas, Insalubres, Nocivas y Peligrosas. Antes de que estallen las podridas cloacas de nuestra vida literaria o Aquiles se retire del combate.

Narrativa armada: la novela como realismo radical,

Web www.ladinamo.org

Fuera de Catálogo: El extremo placer de los actos gratuitos
                                                                  Constantino Bértolo
 
Las pistolas. Félix Rotaeta. Hiperión, 1981
 
             Fue el año en que Tejero protagonizó el primer reality de Gran Hermano en la tele y el año con más atentados de ETA, pero era también el tiempo de la movida madrileña que fue el traje que se puso la postmodernidad para aterrizar en aquella España que acababa de salir del desencanto, vivía el espanto de Calvo Sotelo presidiendo el Gobierno y que un año más tarde, de entrada no, asistiría pragmática a la quema de la pana de Felipe y Guerra en aras de Armani y la alpaca mientras Polán y Cebrianco se frotaban las manos con los dividendos de su imperio mediático a toda vela, no corta el mar sino vuela. 
 
           La editorial Hiperión donde aparece el libro de Rotaeta todavía sobrevive hoy, nuestra enhorabuena, y mantiene un alto prestigio como sello de clara inclinación hacia la poesía, pero por entonces navegaba también con buen rumbo literario por los mares de la narrativa, aunque acaso con no demasiados buenos resultados económicos. En su catálogo la presencia de autores como Mariano Antolín Rato, Ramón Buenaventura, Victor Mora, Raúl Ruiz, Santiago R. Santerbás o Serafín Senosiain habla a las claras de que la línea editorial estaba lejos de lo usual o predecible. Y para muestra dos botones: Las pistolas de Félix Rotaeta y Merienda de negros, del mismo autor. Dos novelas a falta de una, aunque aquí sólo vayamos a hablar de la primera.

            Conocido como uno de los personajes de la movida madrileña, componente señalado del mítico grupo teatral Los Goliardos, actor en películas tan referenciales como Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, Tigres de papel, Qué hace una chica como tú en sitio como este o Justino, un asesino de la tercera edad, Félix Rotaeta merecería, por el solo hecho de haber escrito esta novela corta (pero de hondo calado), ser rescatado del silencio editorial y literario en el que su nombre habita. Si Tarantino cambió la sintaxis narrativa del cine de acción, Rotaeta introduce con su narrativa una mirada radicalmente antiacadémica, amoral en apariencia, que le otorga la indudable condición de claro aunque ignorado precursor de la narrativa española más rabiosamente postmoderna.

             Las pistolas es una novela insólita, inusual, sorprendente, nueva (por aquel entonces todavía se podía distinguir lo nuevo de lo último), radical, extraordinariamente imaginativa y extraordinariamente realista (fracción realismo radical: que va a las raíces pero no olvida que para recoger los frutos conviene andarse por las ramas). A mí me recuerda a Las cuevas del vaticano de Gide o a El marinero de Mishima, aunque no sabría decir muy bien por qué. Quizá porque trata de eso que se llamó "el acto gratuito", ese tipo de libertad aparentemente absurda o monstruosa pero que esconde en su despliegue una necesidad tan inevitable como lo es para el mar beberse las lágrimas de un pez (volador).

           Dos jóvenes se descubren y conocen en una situación insólita: ambos participan como miembros voluntarios del pelotón de fusilamiento con que el franquismo final mostraba su rabiosa agonía. Su especialidad es el tiro en medio del entrecejo. No fallan.

         Andrés es profesor universitario, de acomodada familia madrileña, de libido problemática, con una novia, Ana, para ir al cine y cenar y un círculo de amigos entre pijos y progres, clientes habituales de El Sol, el templo icónico de la movida madrileña en aquellos años. Pero él se aburre. Le gusta más la música clásica. Detenta spleen más foucaultiano que baudelairiano. Luis, huérfano de padre y edad semejante, con origen social cercano las clases bajas -comidas familiares con la tele sonando a todo trapo, madre y hermanas con rulos y batas de boatiné- vive ya en los territorios lumpen: tráfico de drogas, pistola, relaciones chulescas con una camarera de rubio teñido. El destino más que el azar los reúne y establecen una singular amistad. El asesinato de Ana estrecha sus lazos. Luego más asesinatos estúpidos y los lazos, al menos en apariencia, se siguen estrechando. Luego lo previsible: acaban por ser descubiertos y se sienten acosados. Y al final lo menos imprevisible: la lucha de clases que rompe el guión de lo esperable: no ganan los malos.

          Capítulos cortos, diálogos severos y ágiles, descripciones las imprescindibles, la sobriedad expresiva como talento. Una pequeña joya que afortunadamente nada tiene que ver con la exploración del mal y esas cosas. Se limita a hacer un resumen nada neutral de la vida. Por supuesto, con minúscula.
 
Publicado en Ladinamo 2009