sábado, 6 de agosto de 2016

Los libros invisibles


Los Libros invisibles.




Tranquiliza saber que el libro perfecto es el libro que no existe. Lo saben los críticos que con uñas y dientes pregonan cada semana el arribo de cien nuevas obras maestras. Lo sabe el autor que se disculpa afirmando que su mejor libro será el siguiente. Lo saben los lectores que cierran uno y como Tántalos acercan su sed hacia aquel que a bombo y entrevista anuncia su llegada. Lo saben las 11.000 agentes literarias y los tres agentes literarios que con cariños de celador o madrastra animan a su cuadra a galopar en busca de ganador o colocado. Lo saben los distribuidores (en teoría, si el editor es la cabeza, ellos son los pies y en estos tiempos, para gloria del comercio cultural, las editoriales piensan con los pies) que calibran el producto con ojos de alpinista de montaña: un 5.000 (ejemplares), un 8.000, un 50.000, ¡un 100.000!, y echan cuentas y sueñan con que la cumbre más alta inflame sus ganancias.
Lo sabemos todos porque, aunque todos vamos de platónicos por la vida, buscando cobijo a la sombra de la belleza prometida, luego resulta que hay lo que hay, y lo perfecto, nos decimos aristotélicos, es enemigo de lo bueno y sabemos también (Lara dixit), que ni los libros ni los niños ni los premios literarios vienen de París. Así que salga usted y escoja. Que mañana los libros volarán en busca del lector perdido y hallado en el templo. Día del Libro. Que un libro al año no hace daño.


España es un mercado editorial con más de 80.000 títulos anuales (según las últimas estadísticas). 80.000 títulos que se escriben, editan, se revuelven e incorporan, circulan, se venden, se regalan o se leen. O se mueren, porque muchos son los llamados y pocos los escogidos, y la tendencia de los últimos años refuerza esa dirección: crecen los títulos publicados y mengua la tirada media; es decir, cada vez hay más títulos pero se venden menos títulos. Y lo que parece una contradicción, no lo es: la venta se concentra en algunos pocos de entre todos los publicados, mientras que el resto son claros candidatos al saldo o a la guillotina.
Desde fuera, los profanos no acaban de entender que España, siendo uno de los países europeos donde relativamente se lee menos, sea sin embargo uno de los que más títulos edita. La cosa tiene sus explicaciones. El mercado editorial, como desterrado en desierta playa, lanza cada vez más botellas al océano con la esperanza de que la cantidad amplíe las posibilidades de victoria. Un título que venda 10.000 es salud para una editorial de tamaño discreto; un éxito de 20.000 deja respirar a las medianas y uno de 50.000 es agua de mayo incluso para las grandes. Ya se sabe: a mayor precariedad, mayor gasto en loterías; a menor renta, mayor índice de natalidad.

Alguien dijo que un libro es una isla en espera de un náufrago o un náufrago que espera la llegada de una isla. Sea como sea, los libros serán mañana un archipiélago de papel en medio de la urbe. Y se oirá el canto de las sirenas; es decir, los mil y un reclamos y altavoces de los medios de producción de necesidades: publicidad directa o indirecta, suplementos especiales, noches de libros, firmas de autores y autoras, coloquios, informativos, entrevistas, rosas, performances, lecturas, concursos, obsequios, saltimbanquis de la crítica y tesis doctorales. El reino del marketing. Y al final, lo de siempre: todos atentos para ver si la crisis deja o no su huella sobre el monto económico y el morbo de chequear quiénes han sido los autores más vendidos. Los más vendidos.
España es una librería con más de un millón de obras maestras, según las últimas reseñas. Si leer, como dicen, nos hace más libres y comprar, insisten, nos hace más felices, el libro es la mercancía perfecta. Hay que elegir, claro, y elegir agota, decía Rilke, pero no nos preocupemos tontamente, pues el mercado elige por nosotros. La lista de los libros más vendidos está al alcance de todos los españoles, incluso de los que están hartos de ser españoles. La lista como criterio, el mercado como inteligencia.
Con un poco de suerte, hasta estarán en los mostradores, del salón en el ángulo oscuro, los libros invisibles. Islas ignotas, lejos de las rutas literarias más frecuentadas. Islas en la niebla, con escasos atractivos para el turista, sin playas fotogénicas ni simetrías narrativas, sin misterio ni descubrimientos del Mediterráneo, sin detectives sabihondos, escépticos o salvajes. Náufragos sin botella en medio del oleaje de la promoción de novedades. Insólitos. Invisibles, casi inexistentes, casi, por tanto, ellos sí, perfectos. Inesperados. Bueno será, propongo, taparse con cera los oídos, sujetarse al mástil y hurgar en esa imprescindible lista de los libros menos vendidos que nunca vemos publicada.
Una lista en la que no deberían faltar títulos como La palabra quebrada, de Martín Cerda (Editorial Veintisiete letras), La fuerza de la gravedad, de Francesc Serés (Alpha Bucay), Mamadú va a morir, de Gabriele de Grande (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo), Panfleto para seguir viviendo, de Fernando Díaz (Bruguera), Introducción a la Guerra Civil, del Colectivo Tiqqum (Melusina), Libro de las derrotas, de Antonio Orihuela (La oveja roja), Ropa tendida, de Eva Puyó (Xordica), España, de Manuel Vilas (DVD), Crónica del 6, de David Fernández (Virus), Perdóname, pero te amo, de David González (Baile del sol), Estado de necesidad y legítima defensa, de Günther Anders (Centro de documentanción crítica), Soy apache, de Gerónimo (Mono azul), El hombre risa, de Javier Maqua (KRK), o La presencia de las cosas, de Pablo Sastre ( Hiru). Feliz Sant Jordi. Y el Dragón. No se olviden del Dragón.
Publicado en El Publico (creo) con ocasión del Sant Jordi de 2009

jueves, 28 de julio de 2016

Agosto 1988


PODER

Habían leído muchos libros y creyeron que se sabían la lección. Sabían que el poder corrompe, pero pensaban que era cosa de los otros. Se sentían ajenos, generosos, incorruptibles. No querían ni el poder ni sus migajas. Habían leído Las ilusiones perdidas y Una educación sentimental, pero alguien les contó que el realismo era cosa del pasado. Durante años lucharon contra el sistema, levantaron barricadas, escribieron miles de panfletos, rompieron las lunas de los bancos y dieron disgustos a sus padres. Descubrieron el amor y la solidaridad al mismo tiempo.
Un día uno de ellos fue nombrado redactor jefe. Al día siguiente, dos fueron ascendidos a jefes de servicio en un gabinete de finanzas. Cuando pasó un mes la mayoría ya se había situado en los peldaños intermedios del poder. En sus casas entraba el diseño y mandaban a sus hijos a colegios bilingües, pero seguían sin saber tratar al servicio. Después de tantas reuniones y asambleas sabían cómo y cuándo utilizar las palabras. Unos se hicieron asesores, otros publicaron sus primeras novelas, los más avispados hicieron compatibles ambas aficiones. Pensaron que el éxito sólo podía volver imbéciles a los tontos.
Están en todas parte. En todos los consejos de redacción de las mejores revistas de moda, cultura o deportes, y pasan de unas a otras sin problemas porque ya todo se parece. Son ministros, subsecretarios, presidentes de comunidad, asesores jurídicos y financieros de las grandes empresas del Estado. Son directores de hospitales, miembros de todos los jurados de todos los premios literarios y de los otros. El poder les ha venido y nadie sabe como ha sido. Leen libros dulces y bellos, con un poco de vida interior y un poco de desgarro. No recuerdan a Balzac ni a Flaubert. No recuerdan que ninguno de ellos es banquero, que ninguno de ellos tiene armas ni que ninguno ha llegado obispo auxiliar. Ni siquiera asumen que son el poder de cada día porque en estos tiempos, parece, nadie quiere sentirse responsable. Y, sin embargo, lo somos.

Publicado en el diario El País el 14 de Agosto de 1988

martes, 12 de julio de 2016

Líneas de batalla cultural: dos.


El partido como frente cultural (II)



No se trata de algo que “se piensa” sino algo a través de lo cual se piensa y se vive.” Juan Carlos Rodríguez

Decíamos que, entendiendo la cultura como conjunto de referentes comunes, tangibles e intangibles, utilizados para identificar e impulsar valores compartidos, y partiendo de la idea de que cultura no es una simple acumulación de conocimientos sino el proceso dinámico y continuo de generación, producción y valorización de lo común – entendido como cualidad distinta a lo simplemente compartido- , nuestro partido, el partido de las y los comunistas, debería plantearse el asumirse a si mismo como órgano de cultura evitando repetir aquellos planteamientos “bífidos” - fuerzas del trabajo/fuerzas de la cultura- que respondían a visiones del mundo que entendían la cultura como territorio autónomo o mercado de prestigios que las fuerzas de la emancipación deberían expropiar para su propio uso. Frente a la cultura como producto, la cultura como producción. Asumir el partido como productor de cultura supondría que esta no debería seguir considerándose, kantianamente, como un espacio aparte sino como praxis que ha de estar presente en cada momento, acto y espacio donde el partido se construya y exprese como comunista. Y eso requiere implementar en nuestras líneas de trabajo estrategias y tácticas culturales encaminadas a actuar sobre dos frentes absolutamente complementarios: producir, fomentar y promocionar cultura comunista en tanto producción de lo común, y combatir, sabotear y desacreditar “las culturas del yo” que el capitalismo ha logrado imponer como definición y límite de lo cultural.

Estamos hundidos en el no-yo y esa es la clave de nuestras lecturas actuales” J. C. R.

Somos conscientes de que las trabajadoras y trabajadores que nos dan sentido y nos construyen como partido comunista, se presentan hoy como clase sociológicamente fragmentada a consecuencia de los actuales sistemas de trabajo postfordistas. Pero a la vez que esta fragmentación en el espacio laboral es innegable, sucede también que desde el punto de vista cultural esa misma clase se ha uniformado fuertemente por causa de la hegemonía cultural que el capitalismo detenta de manera monopolista. En sociedades como la nuestra, conformadas en buena parte como sistemas de comunicación que determinan la auto y la heterodescripción – el cómo nos vemos y el cómo nos ven- las clases sometidas se han visto invadidas, alienadas e infeccionadas por la “gran fábrica cultural” que el capitalismo impulsó, con éxito, durante una larga guerra fría de cuya victoria, botín y trofeos, el capitalismo sigue disfrutando. Una cultura capitalista fundamentada en el “yo soy el propietario y hacedor de mi destino” y que, o bien revestida con los ropajes del viejo y nuevo humanismo que entiende la cultura, la Kultur, como esfera superior ajena a las vicisitudes del humano trajín económico, o bien asumiéndose como ilimitada construcción cínica: “yo soy un no-yo”, trata en cualquier caso de imponernos su última verdad: la fuerza de trabajo como capital individual y el ya todos somos, trabajadores y empresarios, poseedores de capital y por consiguiente el capitalismo es ahora mero diálogo democrático entre capitales dotados de los mismos derechos y deberes.

la tierra prometida del supuesto oro encerrado en el texto” J. C. R.

Las culturas del capitalismo nos han producido como culturalmente iguales: nos gustan las mismas exposiciones de arte, visitamos los mismos museos, escuchamos las mismas canciones, leemos los mismos libros, atendemos obsesionados a los grandes eventos deportivos, hablamos de los mismos espectáculos, vestimos modas semejantes, nos vacacionamos en los mismos caribes, disfrutamos o no podemos disfrutar de los mismos restaurantes, de las mismas universidades, vemos las mismas películas o series de televisión, leemos los mismos periódicos globales de la mañana o de la tarde, todos hablamos inglés o, si no lo hablamos, estamos obsoletos, todos y todas queremos los mismos etcéteras y etcéteras y, sobre todo, muy sobre todo, todos y todas deseamos los mismos deseos, imaginamos las mismas imaginaciones y somos poseídos por los mismos miedos. Habrá quien diga que la oferta es amplia y que hay quien acepta el gusto dominante y quien no lo acepta. Y sí: la oferta puede ser diversa pero el hipermercado es igual y único y tanto el gusto como el disgusto forman parte de la misma oferta que se pone a nuestro alcance. Porque en sociedades “para” el Mercado como son las que construye el actual capitalismo, la clave cultural no reside en el consumo sino en la producción y es el capitalismo el que monopoliza la producción de necesidades: qué querer, qué sentir o qué desear en modo impositivo pero también, y esto es clave para el capitalismo de hoy, en modo negativo: qué no querer, qué no sentir, qué no desear. El resto sería posesión y avaricia y la avaricia sería hoy la verdadera forma de la libertad capitalista.

Digamos la omisión del ¿quien paga? , del ¿quién pagó? J. C. R.

Como proceso de producción de necesidades la cultura necesita medios de producción: capital, mano de obra, fábrica, tecnología, burocracia, fuentes de información y alimentación, materia prima y derechos de propiedad. Medios de producción y además medios de circulación y valorización del producto: logística comercial, publicidad, marketing, promoción. Eso es la cultura y eso ha sido siempre en mayor o menos grado. Si hubiera que resumir hoy la estrategia y la táctica del capitalismo como productor de cultura no parece muy aventurado afirmar que su estrategia consiste en proporcionar al conjunto social la sensación de merecer tanto lo que se tiene como lo que no se tiene y su táctica en insistir en la fabricación material o inmaterial de todo aquello que confirme que ser es tener. Una cultura la del capitalismo que incluso ha legitimado como aceptable una frase que resume su filosofía: ganarse la vida.

Marx sí que tenía otra forma distinta de leer” las cosas: leer desde la explotación” J. C. R.

Y llegamos al ¿qué hacer? Y lo primero sería desintoxicarnos de esa tradición hegeliana que nos atraviesa y nos hace contemplar la Cultura como expresión y realización intemporal del “espíritu humano” y luego vacunarnos con las necesarias dosis del materialismo histórico marxista para asumir que si somos un partido comunista, que si tenemos como objetivo la revolución como medio de alcanzar una sociedad comunista, nuestra cultura es la revolución en tanto referente común por muy distintos que pudieran ser los caminos que lleven a ella. La revolución como cultura. Una cultura que no se compre, venda, subvencione ni consuma como superestructura legitimadora sino como arma y herramienta de transformación del sistema de producción capitalista y sus consiguientes relaciones sociales. La cultura como producción de lo común y la cultura como combate contra la cultura del narcisismo del yo propia del capitalismo. Combate y producción como aquellos aspectos que habremos de abordar en el próximo y ultimo artículo de esta serie si la vorágine electoral en marcha nos lo permite.



domingo, 10 de julio de 2016

Entrevista que algo queda: Elvira Concheiro a Sánchez-Vázquez ( y II)


Yo era un militante de fila, no podía tener acceso a cierta información, sabía lo que se publicaba y únicamente lo que se me decía. Un fenómeno exterior que pudo haber influido mucho en nuestra formación, como influyó de manera positiva después, los famosos procesos de Moscú, tuvieron lugar durante la guerra de España; nosotros no teníamos información ninguna, o sea, que no había elementos que pudieran influir en nuestro entusiasmo, en nuestra formación. En aquel momento, no tenía ninguna discrepancia con la línea política ni con la posición del partido. Fue posteriormente, cuando uno ha tenido ya información de ciertos hechos.
Pero para mí sigue quedando la conclusión de que la política –con las limitaciones y defectos que se pudieran señalar– del partido, en la guerra, fue la correcta, frente a las demás fuerzas políticas que no tenían una visión de lo que se tenía que hacer. Entonces, sigo pensando como pensaba entonces.

En esa militancia, ¿tuviste alguna formación marxista en las juventudes?

Como te darás cuenta, por lo que te dije de la Juventud Comunista en Málaga, había muy poco espacio para la formación teórica. Además, ahí lo que se valoraba era la práctica en el sentido más inmediato y más directo. Así que, mientras estuve en la Juventud Comunista, mi formación teórica fue muy débil, aparte de que no tenía entonces una formación, una preocupación teórica de carácter filosófico, mi vocación era literaria. De tal manera, mi marxismo era un marxismo muy simplista, el que podía leer en el manifiesto.
En la guerra, toda nuestra actividad era militar y no había tiempo para una formación de ese tipo; mi formación teórica fue en el exilio, cuando me planteé la necesidad de una formación de ese tipo.

¿Cómo fue tu salida de España?

Mi salida de España... estaba en esta unidad militar, en el V cuerpo del ejército. Las cosas se habían agravado mucho, obligándonos a la retirada y ya el último día, cuando estaba dándose la orden de retirada –he de decirte que el periódico nuestro, lo tengo por ahí, salió hasta el ultimo día, con el manifiesto de nuestros jefes militares, explicando por qué había que pasar la frontera, nuestro periódico salió en todo momento–, en ese momento, se me ordenó, por parte del estado mayor de Líster, que me dirigiera a la frontera que estaba aproximadamente a unos 30 o 40 km, con la orden de que localizara un camión nuestro, que estaba junto a la frontera esperando instrucciones, porque ese camión estaba lleno de documentos importantes nuestros. Se me dio la orden de que llegara al camión y lo dinamitara; de esta manera, los documentos desaparecerían.
Iba en un coche, con mi chofer, y esos 30 o 40 km nos fueron muy difíciles de pasar, porque parte de los puentes ya estaba prácticamente dinamitada, había que hacer unos grandes rodeos. Total, con grandes dificultades pude llegar a la frontera para cumplir esta orden, pero cuando llegué los mismos del camión habían huido. Entonces, ya no pude regresar al puesto de mando porque era muy difícil y las tropas de Franco estaban avanzando; pude pasar por otro punto de la frontera, con mi chofer y mi coche, pero sin contacto con mi unidad militar. Pasé la frontera y dije a mi chofer: “como yo hablo francés, voy a decir aquí al gendarme que soy periodista francés, para que nos deje pasar con el coche y, cuando pasemos el coche, lo malvendemos y nos encontramos con…”, pero el chofer me interrumpió: “no, no, ya aquí nadie manda nada”. Prácticamente se me rebeló y tuve que pasar a pie.
Afortunadamente, pasé la frontera, dejé mi pistola allí porque había que dejar las armas allí. Iba con Enrique Rebolledo, que sería después mi cuñado, y mi idea era ir a la ciudad de Perpinang, que estaba relativamente cerca, donde iban a estar nuestros jefes militares, para tener contacto con ellos, para ver qué hacíamos.
Caminé por la carretera aquella, llena de soldados, pero los gendarmes nos decían que nos dirigiéramos hacia tal punto donde estaba el campo de concentración de Angelé. Hice todo lo posible para no ir al campo. Me desvié varias veces de la carretera. Por la noche, volvíamos a la carretera y desandábamos lo que habíamos andado para no ir al campo. En fin, después de muchas peripecias pudimos llegar a Perpinang y pude hacer contacto con Líster y con Santiago Álvarez y pocos días después me encargaron que fuera a París a ponerme en contacto con los camaradas allá. Me dirigí en coche con Santiago a París. Antes de llegar, Santiago –que iba con pasaporte, con documentación, yo iba sin nada– me dijo: “mira, para no complicar, tenemos que separarnos; voy a seguir con el coche y tú a ver cómo le haces para entrar en París”. Y, bueno, entré a París... (Hay muchas anécdotas; podría contarte cuarenta…).
Llegué a París, llevaba la dirección de un camarada francés; me dijeron: “cuando llegues a París, ponte en contacto con él”. Pero llego a esa dirección y ese camarada allí no vivía. Me encuentro en París, sin dinero, sin pasaporte y sin saber a dónde acudir. Entonces, vi un periódico, el periódico del partido, y había allí una dirección de un comité de ayuda a los soldados españoles. “Ah, pues voy a ir allá”.
Les expliqué la situación y me buscaron para que fuera: “no, pues esta noche vas a dormir en la casa de un camarada francés y mañana ya veremos qué hacemos”.
Bueno, entonces fui a la casa de este camarada; me recibió muy bien y demás. A todo esto, para nosotros estaba prohibido estar allí. Solamente a los ministros y jefes militares que tienen un pasaporte habían autorizado a estar en París y nosotros no teníamos invitación; así que a todo español que se encontraba allí lo detenían, era muy complicado hospedarse en París. Este camarada me recibe muy bien. “Pues yo vengo con la instrucción de quedarme en tu casa” y me dice: “bueno, voy a ver, voy ahablar con mi mujer”. Sale y dice: “dice mi mujer que no, que es muy difícil, que es muy comprometido, en fin, que me pueden detener también”. “Entonces, ¿qué hago?”, “voy a llevarte a un hotel”, y resulta un hotel alejado de París, inmediatamente percibí que era un hotel de paso. Me recibió alguien que se ve que tenía contacto con el partido y me dijo: “sí, puedes quedarte, pero a las 6 de la mañana tienes que irte, porque poco después va a llegar la policía”.
Después de eso, estuve en París por un mes, con dificultades pues continuaba el riesgo de estar sin documentación, con unos francos, lo necesario para poder comer en el restaurante más modesto, no para desayunar ni para cenar, hasta que la unión de escritorios franceses nos envió a un grupo de escritores a un albergue, en los alrededores de París, justamente, donde ahora está el aeropuerto De Gaulle. Allí estaba ese pueblecito con el albergue preparado para ayudar a los intelectuales españoles. Allí, estuve aproximadamente un mes, con Juan Rejano; estuvimos muy bien, tranquilos, pero, claro, con la incertidumbre de “¿a dónde vamos?”
El partido había decidido que yo fuera a la URSS; uno no podía decidir a donde iba.
Me dijeron entonces: “hemos decidido que vayas a la URSS”, pero parecía mentira; el problema de las visas se alargaba y no había manera de llegar. Al mismo tiempo – estamos hablando de mayo de 1939–, el peligro de guerra se acercaba, la Segunda Guerra Mundial estallaría justamente en septiembre de ese año; los camaradas dijeron “no”.
Surgió entonces el extraordinario ofrecimiento de Cárdenas, de brindar asilo a los españoles, ilimitado. Los camaradas decidieron que me iba a México –así como pudieron decidir que fuera a Australia. “Te vas a ir a México”, ah, pues preferible, porque ir a la URSS con aquel clima, con otro idioma, en fin... Al poco tiempo de estar en este albergue, recibimos las instrucciones para ir al puerto de Set, en el Mediterráneo, para embarcar a México. Llegamos Rejano y yo a Set y todavía allí tuvimos problemas, porque no nos embarcamos inmediatamente y hubo que esperar unos días.
Paseando un día por la calle, matando el tiempo mientras nos embarcábamos, un gendarme se nos acerca y nos pide la documentación, entonces le digo: “mire, no tenemos papeles, pero nosotros vamos a embarcar dentro de unos días, creo que al gobierno francés le encantará que salgamos del país, en cambio si usted nos detiene, pues es una complicación más para el gobierno, déjenos tranquilos”. Dice: “no, no, órdenes son órdenes; si no tiene documentación, queda usted detenido”.
Menudo paquete, bueno pues ni modo y le digo: “pero déjeme usted pasar por el local de una oficina de auxilio a los republicanos españoles para que recoja ahí unos…” “si, cómo no, entre usted pero salga enseguida” y claro yo entré allí por una puerta y salí por otra y nunca más volví con el gendarme.
Rejano y yo nos quedamos en un hotelucho, pero sin poder salir, hasta que pudimos embarcar en el famoso Sinaya y embarcamos y era la felicidad. Nosotros éramos unos 2000 exiliados. Al frente del barco, venía con nosotros Susana Gamboa, la mujer de Fernando Gamboa, el famoso director de museo. Ella, de cierta manera, venía encargada por el gobierno mexicano.
En el barco, la pasamos relativamente bien, claro, después de pasar tanta cosa.
Teníamos conferencias sobre México, pues no teníamos la menor idea; bueno, yo tenía alguna. No teníamos idea de México, sobre la revolución mexicana, sobre la reforma agraria, sobre la educación, sobre Cárdenas.
En cierto modo, lo pasábamos relativamente bien, teniendo en cuenta lo que habíamos pasado. Como venía soltero, no tenía derecho a camarote. Los camarotes eran para los matrimonios y con hijos. Estaba en la bodega del barco, con Juan Rejano y con Pedro Garfias. Fue Garfias quien una mañana nos recitó, porque el prácticamente no escribía, el poema ese famoso “Entre España y México”. Fuimos Rejano y yo los primeros en conocerlo; entonces, la travesía resultó bien.
Teníamos cierta información de México, un tanto idealizada, claro, la revolución; para nosotros, la palabra revolución era una palabra sagrada, un país que había tenido una revolución, un país de revolucionarios y veníamos muy ilusionados y así llegamos a Veracruz.
Voy a decirle dos cosas, volviendo un poco antes, de cuáles eran mis ideas de México. En los a ños a que me refiero, los años de la república y de la guerra civil, o sea, los años treinta, no se sabía nada de México. (Bueno, si no se sabe nada hoy, si usted llega a España un mes y no se publica ninguna noticia de M éxico, excepto noticias desagradables, no hay ninguna información; en Europa, la información sobre América Latina es limitadísima; imagínese lo que sería en aquellos tiempos). Se hablaba de Pancho Villa, de que los curas eran perseguidos por la revolución, cosas de este tipo.
Tuve mi primera información de México con un mexicano. Un escritor mexicano, Andrés Idearte. Él estaba en España el año antes de la guerra, con una beca de la Universidad Obrera, que dirigía Vicente Lombardo Toledano. Estaba por un asunto familiar; había tenido un pleito de familia, en Tabasco. En defensa propia, había matado a un primo suyo y tuvo que irse a España y se fue con esta beca. Era un escritor joven, mayor que yo, pero joven todavía, con una formación intelectual y política y fue el primero que me habló de México, de la revolución, y me di yo una idea de quien era Cárdenas. Ya luego yo lo ayudé mucho porque fue a Málaga y en Málaga, en aquel caos, una persona que no tenía ningún documento de apoyo a la república podía tener dificultades y le di un carnet de la JSU, con una serie de avales y demás. En fin, volví a verlo en México muchos años después. A través de Iduarte tuve mi primer idea de lo que era México.
La segunda fue en Málaga, porque en Málaga se formó un batallón en aquellos primeros meses en los que no había ejército y todo eran batallones de voluntarios, espontáneos. Se formó para corresponder a la ayuda de México y a la ayuda de Cárdenas, de mil fusiles, que aunque simbólicos eran muy importantes. Se formó un batallón de la Juventud al que se llamó Batallón México y se me encargó a mí, que yo diera el discurso, en el acto de abanderamiento, antes de salir al frente el batallón.
Así que tuve que informarme sobre México. Fui con el Cónsul, quien me dejó algún libro. Me acuerdo de todo el nombre: Historia de México, de Antonio Teja Sabre y en él me documenté sobre la revolución y sobre el cardenismo y así ofrecí mi discurso sobre México. Esa era la idea que yo tenía de México.

05/05/2009

viernes, 8 de julio de 2016

Entrevista que algo queda: Elvira Concheiro a Sánchez-Vázquez (I)


Entrevista de Elvira Concheiro a Adolfo Sáchez-Vázquez

¿Cuáles son tus primeros recuerdos de España, de tu familia?

Bueno, empecemos contando algunos datos sobre mi infancia y mi juventud. Nací en provincia, en Algeciras, provincia de Cádiz. Algeciras es una ciudad casi fronteriza con Gibraltar, colonia inglesa. En aquella época, era una ciudad muy conflictiva, por el contrabando. Mi padre era teniente carabinero, el de carabineros era un cuerpo que por su organización tenía un carácter militar, pero no formaba parte del ejército;estaba destinado principalmente a la persecución del contrabando y también la vigilancia de la frontera y por eso es que tenía unidades en esa ciudad de Algeciras.
Se decía en aquella época, un poco en broma y un poco en serio, que la mitad de la población eran contrabandistas y la otra mitad eran carabineros y, pues, a mi padre le tocó estar en la parte de los carabineros.
En Algeciras, viví prácticamente cinco años, de manera que salí de allí cuando tenía seis o siete años de edad, por lo que guardo pocos recuerdos de mi infancia en aquella época.
De allí, pasamos al Escorial, una ciudad cercana a Madrid, donde estaba el cuartel general de los carabineros, y poco después, como a los dos años, pasamos a Málaga; tendría yo unos ocho o nueve años. En Málaga, es de donde tengo varios recuerdos, porque allí es básicamente donde me formé intelectual y políticamente.
Allí cursé parte de mi educación primaria, precisamente en un colegio de jesuitas y también el bachillerato. En Málaga tuve también mis primeras inquietudes políticas.
En los años inmediatamente posteriores a la proclamación de la república, me conmovieron mucho ciertos acontecimientos, que ayudaron a despertar mi inquietud política, entre ellos la sublevación de unos militares jóvenes republicanos contra la dictadura de Miguel Primo de Rivera y que fueron fusilados. Ese acontecimiento me impresionó mucho políticamente.
También los movimientos estudiantiles que precedieron a la república y que contribuyeron de una manera muy decisiva a la caída de la dictadura de Primo de Rivera.
¿Tú participaste?
No, fueron en Madrid, en el ámbito de la universidad; yo apenas estaba en primaria,comenzando el bachillerato en Málaga. Pero quiero decir que tuvieron mucha repercusión en mí esos acontecimientos. Luego ya vino la proclamación de la república y ya estaba con cierta inclinación bajo los efectos de estos acontecimientos. Recuerdo haber participado en los actos que tuvieron lugar el 14 de abril, de júbilo y alegría inmensa por la proclamación de la república y en ese entonces tenía yo 15 o 16 años, pues, ya empecé a tener una cierta inclinación desde luego republicana.
La república, como ya sabemos, fue recibida con una gran ansia, una gran
esperanza, pero la república resultó una utopía que, al tocar tierra, se trataba de una república liberal, burguesa, democrática, que inmediatamente se encontró bajo el doble fuego de la derecha –a la que las reformas tímidas de la república les parecían que iban demasiado lejos– y, claro, los sectores m ás radicales, sobre todo del movimiento obrero, que consideraba que las reformas iban demasiado lentas; por esto, la república se vio, desde el primer momento, sujeta a un fuego que le venía de ambas partes.
Entonces compartí ese descontento, que comenzaba a manifestarse en la Juventud Comunista y en los sectores más radicales. Digo que ingresé a la Juventud Comunista; esto sería como en 1933, tendría 17 o 18 años.

¿Cómo ingresas a la Juventud Comunista, cómo te enteraste, a través de quién?

Bueno, en cierto modo, algunos miembros de la Juventud que estaban en el bachillerato y que influyeron en mí para el ingreso a ésta, aparte de mi conocimiento de la literatura, que me llegaba del partido y esto me decidió a dar ese paso e ingresé en la Juventud Comunista.

¿Y tu familia lo compartía?

No, no. Mi padre era militar, teniente carabinero, era un hombre alejado de la política, sin formación política. Con su atención concentrada en sus hijos, en que sus hijos hicieran una buena carrera, que no corrieran riesgos, que no tuvieran problemas y no apoyó esto. Pero tampoco mantuvo una actitud hostil que me obstaculizara. Así que tuve bastante actividad dentro de la organización.
En ese entonces, la ciudad de Málaga era una ciudad muy politizada, con un movimiento obrero muy radical; el partido era pequeño, creo que no llegaría ni siquiera al centenar de militantes y la Juventud Comunista era una agrupación más o menos de estas dimensiones, pero muy activos; la Juventud era muy activa, sobre todo en la lucha practica, pero con una actividad tal que apenas se distinguía de las juventudes anarquistas, con las que teníamos bastante choque.
Había una rivalidad de ver quién se manifestaba más activamente en la calle.
Recuerdo, por ejemplo, que incluso militantes nuestros practicaban ciertas
actividades violentas, bastante fuertes. Recuerdo una anécdota de un camarada de la Juventud: estaba en una pastelería y de pronto llega este camarada Metralla, que después murió en la guerra muy heroicamente, y le digo, “¿qué vienes a hacer aquí?”, “espera un momento y vas a ver” y sonó una explosión; acababa de poner una bomba.
En la célula donde yo estaba, la célula de la Juventud, uno se llamaba el Químico, porque le agradaban los manuales para fabricar explosivos. Otro se llamaba el Dinamita y, por supuesto, la formación teórica era prácticamente nula. Era tanto que a la Juventud se le llamó la atención por el partido porque su conducta era más bien anarquista que propiamente comunista.
En esa Juventud Comunista me formé, pero en ese tiempo, todavía antes de la guerra, terminé el bachillerato y pasé a Madrid el año antes de la guerra, a estudiar la carrera de filosofía y letras. En Madrid, tuve contacto con juventudes de otro tipo, más propiamente, digamos, marxistas, en la línea propia de una organización comunista y tuve mucho contacto con jóvenes escritores de la época; mi vocación era entonces propiamente literaria. Conocí a Miguel Hernández, a Rafael Alberti; en fin, tuve contacto con bastantes escritores jóvenes y, al mismo tiempo, en Málaga, había fundado una revista con mi cuñado, una revista de literatura, titulada Sur, de orientación revolucionaria.
Como ves, los jóvenes estábamos muy politizados y, aunque era demasiado pronto para la lucha, sin embargo, lo manifestábamos ya con bastante actividad.
Entonces, al terminar el curso de la universidad, estoy hablando ya de 1936, volví a Málaga, en los últimos días de julio y a los pocos días empezó la guerra civil.
Bueno, pues todo el mundo esperaba la sublevación, pero no se esperaba que tuviera el alcance, la dimensión, que tuvo. Se esperaba que estaríamos frente a un levantamiento militar del tipo de lo que ya era tradicional en España y nos preparamos para hacer frente a la sublevación. La Juventud Comunista ya estaba en un proceso de disolución para unificarse con las juventudes socialistas, de lo cual salió la Juventud Socialista Unificada (JSU); entonces, cuando empezó la guerra civil, cuando el estallido tuvo lugar, ya prácticamente estábamos en este proceso de unificación. Los días previos a la guerra civil estuvimos ahí, movilizados, concentrados en los locales de la Juventud, hasta que estalló la guerra el 18 de julio, como es sabido.
El día 18 por la tarde, estaba en casa descansando de las noches que habíamos estado prácticamente en vela, a la espera de la sublevación y recuerdo incluso el libro que estaba leyendo en la tarde, era la novela Tirano Banderas y estaba en casa cuando sonaron unos disparos; salí y eran unos soldados de Franco sublevados, que se dirigían hasta el gobierno civil. Los seguí, eran engañosos porque iban dando vivas a la república. La gente los aplaudía, pero de todas maneras era raro aquello.
La gente se preguntaba ¿por qué? Ellos decían que habían salido para ir al puerto a hacer frente al desembarco que se esperaba; todo estaba confuso. Pero cuando llegaron a la alameda, que era la calle principal, al dirigirse al gobierno civil quedó claro que iban a asaltar el gobierno civil donde estaba el gobierno local de la república. Entonces, hubo allí un tiroteo tremendo y me encontré con un camarada de la Juventud y acordamos dirigirnos al centro para recibir instrucciones. Esa unidad militar no pudo tomar el gobierno civil y al ver que no podían tomarlo se desorganizaron y prácticamente en ese punto quedó la cosa resuelta. Ellos invitaron al cuartel de carabineros, donde estaba mi padre, a que se sublevaran y el cuartel de carabineros se quedó expectante y no se quisieron sumar a la sublevación. Fui al local de la Juventud y nos quedamos esa noche allí y entonces se nos dieron instrucciones de que fuéramos a una plaza central, que era la Plaza de la Constitución, donde había un grupo de militares sublevados con ametralladoras.
Fuimos allí los grupos de la Juventud, pero, claro, no podíamos hacer frente a aquellos soldados que estaban armados con ametralladoras. Decidimos, entonces, decidieron los camaradas de la Juventud, prender fuego a todos los edificios de la plaza que prácticamente habían sido abandonados por los propietarios, por los inquilinos; no quedaban más que los locales comerciales y los soldados. Al ver que ardían aquellos edificios, abandonaron a los oficiales y los oficiales se entregaron.
Allí quedó aplastada la revuelta.

¿Ustedes tenían alguna instrucción militar?

No, ninguna.

¿Tú tuviste alguna?

Sí, bueno, allí estuvimos en aquella plaza y no tuvimos ya que hacer frente porque los soldados tiraron las armas cuando vieron las llamas que los rodeaban. Entonces nos quedamos esa madrugada allí. Los incendios siguieron. Se prendió fuego en la calle principal, en los comercios, etcétera. Fue una cosa tremenda y así fue aplastada la sublevación allí en Málaga. Pero estando allí, en la Plaza de la Constitución, vemos que llega un grupo de barrenderos con su instrumentos de limpieza y les decimos “están locos, ¿a dónde van ahora? ¿No ven todo lo que está pasando?” y dicen “nosotros, pase lo que pase, barremos”. El colmo del formalismo, “nosotros aunque se hunda el mundo, barremos”. Así fue.
Bueno, pues así fue en Málaga, los anarquistas jugaron un papel muy negativo, oponiéndose a todo proceso de organización, de disciplina. Por diferentes factores, no solamente éste, la desorganización interna, la falta de ayuda del gobierno central, presidido entonces por los socialistas, no mandaron los refuerzos, las armas que se pedían.
Total que Málaga cayó a los 6 o 7 meses en manos de Franco y entonces, antes de que las tropas llegaran, cuando estaba todo prácticamente perdido, pues tuvo lugar el SOS famoso por la carretera de Almería, que era un éxodo, una salida de casi mil personas que salieron de la capital, por la carretera de Málaga-Almería, que es una carretera pegada al mar, una carretera costera.
Entonces, se inició el éxodo, que fue una experiencia terrible, porque hubo que recorrer a pie, durante 4 o 5 días para llegar a Almería, mientras los barcos de guerra disparaban a ras de tierra a la multitud, los bombarderos también disparaban y los tanques, por otro lado, perseguían a las últimas filas. Murió mucha gente; fue una cosa verdaderamente terrible. Yo escribí un reportaje sobre eso, que se publicó en la guerra misma, en la revista Hora de España. Así pude llegar a Almería y encontrarme con mi hermano, que llegó después, sin saber yo lo que había pasado; mi padre ya había perdido el contacto con él, había ido al frente, lo habían movilizado
al frente en los últimos momentos. Mi hermana y mi madre se quedaron en casa, pero no supe nada de ellas. Llegué entonces a Almería y allí recibí instrucciones de Carrillo, desde Valencia, del JSU, para que me dirigiera a Valencia. Estuve allí una semana y entonces la comisión ejecutiva me encargó que fuera a Madrid a hacerme cargo del periódico central de la Juventud, el periódico Ahora. Allí estuve prácticamente desde marzo de 1937 hasta septiembre u octubre de ese mismo año, cuando decidí dejar la dirección e incorporarme al frente, al frente de Aragón.

¿Cómo fue tu experiencia en el periódico? ¿Qué era? ¿Qué papel jugaba el periódico?

Yo tenía cierta experiencia porque ya había dirigido el periódico de la JSU durante la guerra en Málaga. Tenía alguna experiencia, que Carrillo conocía, que consideró positiva y que lo llevó a darme este encargo en Madrid.
El periódico tenía ese título desde antes de la guerra. Ahora era uno de los mejores periódicos de Madrid y, además, con una técnica que era la última palabra, la técnica de hueco grabado, con muchas ilustraciones y demás. La JSU confiscó el periódico y el edificio y pasó a nuestras manos.
Dirigí el periódico. Para mí eso era una responsabilidad muy alta, porque
prácticamente era la forma de expresión de la comisión ejecutiva de la JSU. Por otro lado, la comisión ejecutiva, cuando Madrid estuvo a punto de caer en manos de Franco, se había trasladado con el gobierno a Valencia; de manera que cada noche hablaba por teléfono con Carrillo o con algún dirigente, para perfilar el editorial, de acuerdo con el artículo de fondo, de acuerdo con la situación, pero algunas veces la comunicación no era posible y tenía que decidir por mi propia cuenta el punto de vista del JSU sobre algún problema militar o político que se planteaba.



El periódico estaba en una calle que se llama Cuesta de la Reina; es una calle que está entre el palacio real y la ciudad universitaria; Cuesta de San Vicente se llama ahora. Entonces el edificio estaba prácticamente en la mitad de esta calle, de forma que había una artillería nuestra en el palacio real y otra artillería en la ciudad universitaria y nosotros estábamos en el centro; así que yo me acostumbré a escribir bajo el impacto de los cañones.
¿Esa es tu primera experiencia como escritor?
Sí, yo tenía que escribir el editorial de cada día y algún suelto además.
¿Habías ya escrito algo de poesía?
Sí, ya había escrito un libro de poesía, poco antes de la guerra, y que se publicó justamente poco antes de la guerra en Morelia, Michoacán. Se llamó El pulso ardiendo y ya tenía cierta coloración. Además, tuve ahí una experiencia periodística, en esa circunstancia.
Fue por eso, por mi estancia en Madrid, que asistí al Congreso Internacional de Escritores Antifascistas, en el que tuve la gran oportunidad de conocer, de estrechar la mano, de grandes figuras literarias de la época, como Marró, como Ehrenburg, como Tristán Tzara y los americanos Carpentier y Marinello (de Cuba), Octavio Paz, que no era una figura entonces, pero empezaba. Grandes figuras, fue un hecho también que me impresionó mucho.

Eso te contactó también con gente que tratarías después aquí en México.

Claro, todos los mexicanos, en España, conocí durante la guerra a Juan de la Cabada. Tuve ocasión de conocer también a Siqueiros, Revueltas, Octavio Paz y a su mujer. Son los primeros amigos que traté aquí; obviamente, cuando llegue aquí fueron los primeros con los que tuve contacto.

Cuéntanos tu experiencia en el frente.

Bueno, en el frente fui primero a una unidad militar que era una unidad legendaria, porque era una unidad de choque, unidad que mandaba Enrique Líster, militante del partido, y su comisario político era Santiago Álvarez. En esa época, cuando me incorporé a ella, era una unidad famosa por su papel en la defensa de Madrid. Era una unidad de choque que iba donde quiera que el frente lo exigía. Entonces allí estuve, estuve con ellos en la batalla de Teruel, de la cual guardo recuerdos inolvidables, entre otras circunstancias porque se desarrolló en unas condiciones climáticas terribles, a 22 grados bajo cero, esa temperatura a la intemperie es algo terrible, espantoso. Entonces, participé en esa batalla.
Mi participación en esa unidad militar era hacerme cargo, como comisario político de la sección, de lo que luego se vino a llamar la guerra psicológica: las publicaciones de la unidad militar, los manifiestos de nuestros soldados, la propaganda en el frente, a través de altavoces, las conversaciones con prisioneros.


Líster y Santiago Álvarez se hicieron cargo del mando militar y el mando de comisarios del V cuerpo del ejército, y con ellos pasé también al V cuerpo del ejército, con las mismas actividades, pero ya en una unidad mayor, porque el cuerpo tendría entre 60 y 70 mil hombres. Fue famoso el V regimiento… V cuerpo, el V regimiento fue en Madrid, fue la primera unidad militar organizada, promovida, por el Partido Comunista, cuando en aquella época la gente no tenía idea y la guerra se pretendía hacer con voluntarios, con milicianos sin preparación militar alguna; entonces, el V regimiento fue el primero que tuvo la visión correcta de un ejército militar, profesional, preparado, que había que hacerle frente con otro ejército también. Las unidades voluntarias de milicianos, que el partido organizaba, fueron fundidas y con ellas se constituyó el V regimiento, que fue, digamos, el pilar del ejército republicano.
Cuando yo me incorporé, estábamos prácticamente con un ejército, con sus planes, su estado mayor, que no era cosa fácil, porque, por ejemplo, los anarquistas se oponían a la organización del ejército. Ellos creían que teníamos que luchar con milicia espontánea y además sin grado militar, con una disciplina relativa, porque todo tenía que discutirse en asambleas, lo cual verdaderamente resultaba absurdo; en la unidad militar, se discutía si se tenía que atacar al enemigo a las 3 de la mañana o no y, cuando se atacaba, el enemigo ya estaba perfectamente informado. No se puede hacer la guerra como se hace una asamblea política.
El partido tuvo que luchar en contra de esa mentalidad para constituir un ejército que al final se organizó y es un hecho reconocido que las unidades militares más importantes que jugaron un papel más decisivo eran, justamente, las unidades que estaban encabezadas por comunistas, como Líster, Campesino, etcétera.
En general, había un gran enfrentamiento entre el partido y los anarquistas, los xenetistas, porque la visión de la guerra era completamente contradictoria. Claro, la visión del partido –con todos los errores y todos los defectos que se pueden señalar– me sigue pareciendo correcta. La visión del partido era que, frente a un ejército, fascista y profesional organizado, lo importante era hacerle frente; la primera tarea era ganar la guerra, era hacer la guerra, eso era una verdad. Los anarquistas, en cambio, decían que lo primero era hacer una revolución, pero, bueno, si perdemos la guerra para donde va la revolución. Mientras los comunistas peleaban en unidades importantes en el frente, ellos no tenían unidades militares; su actividad principal estaba en la retaguardia. Entonces, mientras los comunistas luchaban, sobre todo, en el frente, los anarquistas se dedicaban a estar en la retaguardia haciendo la revolución, a confiscar a pequeños propietarios, apoderarse de las cooperativas, de los pequeños campesinos. Esa fue la situación en la guerra. Yo estuve todo el tiempo en la 11 división, primero, y después en el V cuerpo, hasta que pasamos la frontera hacia Francia, con grandes problemas, un 9 de febrero de 1939.

Esta actividad del partido, de los comunistas en medio de la guerra, ¿cómo la evalúas en tu actividad posterior?

Bueno, la considero positiva, muy positiva, la visión y la actuación del partido en la guerra, sobre todo, el aspecto que era fundamentalmente decisivo, el aspecto militar. En ese aspecto, yo considero positiva la posición del partido. Claro, ya retrospectivamente hay cosas que no veo tan positivamente, en primer lugar porque no estaba informado de ellas. Claro que nuestro partido, en aquella época, como todos los partidos comunistas, en definitiva, era un apéndice del partido comunista soviético; eso es innegable, eso hemos tardado en saberlo y en reconocerlo y, claro, el partido en nuestra guerra se manifestaba como tal, como apéndice del partido soviético; por ejemplo, no está clara la represión de que fueron objeto ciertos elementos; considero que era completamente errónea la posición del PUM: trotskistas y semitrotskistas fueron perseguidos, pero fueron perseguidos más bien por unidades y destacamentos vinculados principalmente con los servicios soviéticos; entonces, evidentemente hubo prácticas represivas de las que nuestro partido no fue protagonista, pero las compartió o por lo menos no las denunció.

¿Tuvo conocimiento el partido de esas prácticas?

No sé, supongo que sí; si el partido manejaba todo el aparato militar, tenía su propio aparato de información, de espionaje, no creo que aquello pudiera hacerse al margen del partido.

En tu participación en la guerra, viste la presencia de los soviéticos.

Sí, por ejemplo, en la unidad militar en la que estaba con Líster, en la 11 división, había un consejero militar soviético, con el que tuve ocasión de hablar, sobre todo con su intérprete que, por supuesto, hablaba muy bien el español y, en fin, me parecía que era una aportación muy generosa que estuviera ahí ofreciendo su conocimiento. Pero realmente, a diferencia de lo que dicen en otros espacios, en esa unidad militar, la voz decisiva era la de Líster con soviético o sin soviético; de manera que el papel de ellos era relativo. Es claro que nosotros teníamos una actitud de mucho entusiasmo con los soviéticos, porque los tanques eran soviéticos, los cañones eran soviéticos; había consejeros, pilotos, que en gran parte eran soviéticos. Nosotros teníamos un gran agradecimiento y reconocimiento a lo que los soviéticos aportaban.
Esto, independientemente de lo que después hemos sabido, de que en definitiva Stalin jugaba sus cartas a favor de su propia política; por ejemplo, de esa ayuda soviética que nosotros tanto aplaudíamos, reconocíamos y agradecíamos, hoy sabemos que los soviéticos cobraron hasta el último disparo. Todo lo que ellos dieron a la república lo cobraron en oro. No fue una ayuda tan desprendida y tan generosa, independientemente de que políticamente les convenía, pues los soviéticos necesitaban hacer frente al fascismo en España, que era un apéndice del nazismo y, por tanto, peligraban sus intereses con la guerra de España.